Jorge Luis Borges: La democracia, los cultos y los “imbéciles que votaron a Perón”

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Durante su vida, el escritor Jorge Luis Borges jamás ocultó su afinidad con regímenes de facto y gobiernos anti peronistas. Incluso, en ese marco, llegó a cuestionar el sistema democrático, afirmando preferir la arbitrariedad de unos pocos.

por: Alberto Lettieri

“Los intelectuales argentinos suben al caballo por la izquierda y bajan por la derecha”
(Arturo Jauretche)

BORGES Y SABATO ALMUERZAN CON VIDELA

El 19 de mayo de 1976, a menos de dos meses de instalado el terrorismo de estado en nuestro país, Borges y Videla, entre otros referentes de la sociedad culta criolla, compartieron un almuerzo con el genocida Jorge Rafael Videla. Martín Caparrós y Eduardo Anguita reseñan el encuentro del siguiente modo: «Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno. Yo nunca he sabido gobernar mi vida, menos podría gobernar un país», dijo Jorge Luis Borges, y los periodistas de Casa de Gobierno se sonrieron: ya tenían un título para sus notas.

El miércoles 19, Borges, Ernesto Sábato, Horacio Esteban Ratti (presidente de la Sociedad Argentina de Escritores) y Leonardo Castellani (un sacerdote que escribía) almorzaron durante más de dos horas con él. (…) “‘El desarrollo de la cultura es fundamental para el desarrollo de una Nación’, dijo Videla varias veces, y los demás asentían”.

BORGES Y PINOCHET

Algunos defensores a ultranza de Borges han tratado de minimizar el episodio, caratulándolo como una decisión ocasional de la que luego se habría arrepentido. Pero este inconsistente argumento resulta insostenible: la opción de Borges por el autoritarismo no era nueva, y se reafirmaría en los años subsiguientes. Tres meses después del almuerzo con Videla, Borges recibió, el 21 de septiembre de 1976, la distinción de doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile. Ese mismo día era asesinado en Washington, por sicarios enviados por Pinochet, el ministro de Defensa chileno Orlando Letelier.

El discurso de aceptación de la distinción por parte de Borges resulta memorable: «Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita. Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada».

Al día siguiente, Borges sostuvo una agradable tertulia con el genocida Pinochet. A la salida, declaró: «El (Pinochet) es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado».

BORGES Y LA DEMOCRACIA

La elección de sus compañeros de mesa, así como la encendida justificación de sus acciones por parte de Borges, no tuvieron nada de circunstancial. Unos cheques enviados más tarde, de manera ocasional, a las Madres de Plaza de Mayo, o la firma de una solicitada avalando sus reclamos, no autorizan a sostener la tesis de su supuesto “arrepentimiento”. Más bien todo lo contrario.

En 1971, Borges fue entrevistado por el periodista Dardo Cabo de Extra. El encuentro fue interrumpido drásticamente por el escritor cuando Cabo le manifestó su condición de peronista…. En 1979, justamente por los tiempos en que accedía a un breve encuentro con las Madres, Borges renovaba su compromiso con el autoritarismo, a través de la revista Visión, de Mariano Grondona: «¿El pueblo debe intervenir en la elección del gobierno? –se preguntaba- ¿Para qué? ¿De dónde sale eso? ¿Acaso debe intervenir el pueblo en la elaboración de la química, que es una ciencia especializada, como el gobierno? No hace demasiado tuvimos elecciones ¿y qué pasó? 7 millones de imbéciles volvieron a votar a Perón que sólo trajo desórdenes, robos y servilismo. Llevar hasta sus últimas consecuencias la democracia es un error».

No satisfecho con estas declaraciones, agregaba: «Creo que este país iba mejor cuando estaba gobernado por un pequeño grupo de personas que quizá engañaban un poco cuando hacían política, pero que convertían poco a poco al país en un gran país».

El remate era, nuevamente, brutal: «Los indios han sido siempre nuestros enemigos aquí. Mi abuelo se batió con ellos (…) los cristianos degollaban a los indios. Creo que se había vuelto necesario”. Tan necesario, a los ojos de Borges, como el genocidio encarado por los Videla y los Pinochet, a quienes defendía con fervor. Con ese mismo fervor que expresó al arribar a Chile en 1976: Lo defendí –a Pinochet- «porque emocionalmente sentí que debía hacerlo. (…) Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud».

EL BARCO QUE SE HUNDE

Hacia fines de la dictadura cívico – militar, Borges intentó despegarse de los uniformados en declive, formulando ciertas críticas formales a sus procedimientos, aunque sin dejar de considerar a sus intervenciones como producto de la necesidad histórica en la lucha contra la “barbarie” que, a su juicio, significaba el peronismo.

Más aún, nos relata Néstor Montenegro, con la victoria de Alfonsín “Jorge Luis Borges no es el mismo. “Ha ocurrido algo asombroso, inesperado”, declara Borges, y hasta grita “¡Viva la Patria!” cuando visita al nuevo presidente. “¿Y qué sucedió en usted para que cambiara su habitual escepticismo por este optimismo que ahora se le nota? –pregunta Montenegro- Porque usted confió en el proceso, luego se desilusionó, lo atacó y ahora no ocultó su emoción al hablar con Alfonsín?”. “Desde luego –apunta Borges-, estaba con una emoción increíble y sigo todavía maravillado de que haya ocurrido esto. Estaba seguro de que ocurriría lo contrario, que ganarían los peronistas; tenía miedo de volver al país. Y aquí estoy otra vez, para colaborar con esta democracia”.

No le duró mucho el entusiasmo, ya que Borges nunca se sintió a gusto con la democracia. Al menos con aquella que se nutre de contenido popular y que intenta incluir socialmente y garantizar la justicia social. Odiaba al peronismo, con sus reivindicaciones y su matriz plebeya. Lo decepcionó Raúl Alfonsín por el mismo motivo. La igualdad social le causaba espanto, y sólo se sentía a gusto entre uniformes y exclusión social en tierras americanas, que a su juicio debían vivir eternamente bajo la sombra de la espada. Con Pinochet y con Videla. O bien en aquella Europa aria y protegida de la inmigración extracontinental. Esa misma a la que decidió convertir en su morada definitiva hasta el momento de su muerte, y en cuya tumba prohibió toda inscripción en lengua castellana.

Fuente: www.REALPOLITIK.com.ar

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