El día en que Hitler le confió a un embajador argentino la tempestad mundial que se avecinaba

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Eduardo Labougle Carranza se desempeñó en Berlín entre 1932 y 1939, donde presenció el ascenso al poder del por entonces canciller alemán. La trastienda de sus encuentros con el Führer en los que le confió sus planes y analizó la participación argentina en los conflictos bélicos mundiales del siglo XX

Por Juan Bautista “Tata” Yofre

El embajador argentino Eduardo Labougle Carranza tuvo el privilegio, si así se lo puede calificar, de ser testigo y observador en los días previos a la llegada al poder del canciller Adolf Hitler. Sintió y vivió la enorme crisis que envolvía a la sociedad alemana que, desesperada, le abrió las puertas al Führer. El 30 de enero de 1933, Joseph Goebbels, uno de sus más cercanos colaboradores escribiría en su diario: “No habrá fuerza viviente capaz de sacarme con vida de aquí”. Otro más realista, y no sin razón, aventuró en una carta al presidente germano mariscal Paul von Hindemburg: “Yo profetizo solemnemente que este lunático arrojará a nuestro Reich al abismo y llevará a nuestra nación a una miseria inconcebible. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho”. Era nada más ni nada menos que el presagio del general Erich Friedrich Wilhelm von Ludendorff, viejo compañero de armas de Hindemburg durante la Primera Guerra Mundial.

Labougle se desempeñó en Berlín, entre 1932 y 1939, y observó todo: el incendio del Parlamento, la sombría noche de la quema de los libros mientras cenaba con Hitler, la persecución a los opositores, los congresos nazis en Núremberg, “la noche de los cuchillos largos” de 1934, las Olimpíadas de Berlín de 1936, la Kristallnacht y la promulgación de las leyes raciales, las antesalas del Holocausto, el secreto rearme de las Fuerzas Armadas del Reich, el Anschluss de 1938 y el inservible Pacto de Múnich, donde se concretó el despedazamiento de Checoslovaquia.

Mientras estos y otros hechos se sucedían, el cuerpo diplomático acreditado en Berlín observaba azorado por cómo se vivía en un Estado policial e informaba a sus capitales sin recibir mayores respuestas. Por lo menos de aquellos países que no tenían una fuerte incidencia en Europa. En general, la contestación era el silencio y la bruma de indiferencia. Labougle se movía con notable facilidad en Berlín, tanto en los niveles oficiales como sociales. Era lo que debía hacer, única manera de informar lo que escuchaba y lo que veía. Como decía un viejo diplomático argentino, “la diplomacia es el arte de administrar los silencios”.

Su actividad causó recelos en algunos de los embajadores. Por ejemplo en William Dodd, representante de Franklin Roosevelt (1933-1937), que llegó a decir que Labougle tenía “mentalidad fascista”. Aquel que haya leído sus memorias sabe que no fue así, que no existió la más mínima señal de afinidad, ni al nazismo como al fascismo. Es más: en una ocasión lo reconvino al general Juan Pistarini (más tarde ministro del presidente Juan Domingo Perón) luego de observar una noche en la Ópera, de la Unter den Linden (Bajo los Tilos), que hizo el saludo nazi con su mano derecha. Así me lo relató su hija Delia Labougle años más tarde. Al respecto, Labougle escribió: “Hace poco, en una reunión social, una princesa muy partidaria del nazismo me preguntó ingenuamente, en presencia de (Heinrich) Himmler y (Viktor) Lutze, jefe de las S.A., por qué no saludaba a la usanza nazi. Los mencionados no me dieron tiempo de contestar. Ambos le expresaron que no era necesario, que me sabían un excelente amigo de Alemania y que ello bastaba”.

Lo más acertado sería decir, como Labougle, que, salvo los embajadores con intereses directos en Europa, “los demás éramos perplejos espectadores del gran drama”. Ante la crítica de William Dodd, sin lugar a dudas, la mejor defensa de la tarea del delegado argentino la hizo el embajador de los EE.UU. en Moscú, Joseph Edward Davies en su libro Misión en Moscú, cuando dice que Dodd no llegó a darse cuenta de su importante misión en Berlín. No captó la realidad de los acontecimientos. Repetía permanentemente que no era un diplomático sino un profesor universitario y como odiaba al nazismo no veía la razón de vincularse con los funcionarios alemanes. Según su razonamiento, los embajadores que no comulgaban con el Nuevo Orden debían permanecer ajenos, “como simples observadores al margen de los gobernantes”. Así, se debía informar por lo que “se dice” y no por lo que cada uno podía recoger directamente de los medios oficiales.

Labougle se movía con notable facilidad en Berlín, tanto en los niveles oficiales como sociales. Era lo que debía hacer, única manera de informar lo que escuchaba y lo que veía. Como decía un viejo diplomático argentino, “la diplomacia es el arte de administrar los silencios”
Los historiadores Manvell y Fraenkel en su biografía de Herman Göring coinciden con Davies: “Dodd era un demócrata que odiaba a los nazis, pero era también un inexperto diplomático y no tenía contacto con los dirigentes nazis. Era asimismo un hombre enfermo que no gozaba de las simpatías de Sumner Wells”, subsecretario del Departamento de Estado, porque no lo consideraba idóneo para el cargo.

En 1937, tras participar en la revista naval por la coronación del rey Jorge VI del Reino Unido, los acorazados argentinos ARA Moreno y ARA Rivadavia visitaron Alemania y fueron recibidos en diferentes bases. Al frente de la delegación naval argentina, se destacaba el jefe de la Flota de Mar, contralmirante León Scasso. El gobierno del Reich, en un gesto inusual, el 26 de mayo traslado a Berlín en un avión de la Luftwaffe, a la plana mayor de los dos acorazados. La Armada Argentina en esa época era la más poderosa de Sudamérica y para algunos la séptima flota más importante del planeta.

Esa noche, el embajador Eduardo Labougle les ofreció una cena. Al día siguiente saludaron al Gran Almirante Erich Raeder y a las 12:30 del mediodía visitaron a Adolf Hitler en la Cancillería. Tras el encuentro, los oficiales argentinos fueron a almorzar a la residencia de Raeder junto con altos oficiales de la Kriegsmarine. En la ocasión, el contralmirante Scasso recibió una foto autografiada por Hitler y el jefe de la delegación argentina brindó por “la gloriosa marina alemana”. Detalle: tras el golpe de 1943, el almirante Scasso fue Interventor Federal en Córdoba. Renunció en 1944 en desacuerdo con la ruptura de relaciones con Alemania.

Según dijo el embajador alemán en Buenos Aires, Edmund von Thermann, cuando fue interrogado luego de la guerra por los norteamericanos, Scasso “era más bien un nacionalista argentino que un pro alemán, aunque admiraba los métodos de Hitler siempre (me) recibió con la más cálida cortesía”. De acuerdo a la declaración del Agregado Naval en la Argentina, capitán Dietrich Niebuhr, a sus interrogadores norteamericanos, Scasso “era el mayor nazi de la Armada pero (tuve) pocos contactos con él”.

El miércoles 11 de enero de 1939 todo el cuerpo diplomático fue invitado a la nueva sede de la Cancillería en la Vosstrasse. Las fotos de ese día muestran a los representantes extranjeros con sus uniformes de gala, acompañados por el jefe de Protocolo, Barón Hans von Charles Dömberg, un funcionario que llamaba la atención por sus dos metros de altura. En otras se observa a Eduardo Labougle conversando con Adolf Hitler, mano a mano, y alrededor observan el ministro von Ribbentrop; el embajador Attolico de Italia y el Secretario de Estado Obbergrupenfüher Hans Heinrich Lammers, jefe de la cancillería.

El primer día del mes de junio de 1939 se publicó la noticia en los diarios berlineses del traslado del embajador argentino Labougle. Su nuevo destino era la embajada argentina en la República de Chile, uno de los destinos más importantes de la diplomacia argentina. Entre los aprestos de viaje, tareas administrativas y las despedidas que le brindaron, el matrimonio Labougle dejó Alemania recién el 4 de julio de 1939, cuando se embarcaron en el puerto de Hamburgo en el Cap Arcona rumbo a Buenos Aires. Dejaba tras de sí -luego de siete años en Berlín- numerosos amigos sociales, empresarios de la industria, el comercio y el gobierno.

El ministro Von Ribbentrop le ofreció un almuerzo en su casa y, a su término, lo condecoró con la “Gran Cruz del Águila Alemana”. A través del ministro de Estado de la Cancillería Otto Meissner pidió una entrevista a Adolf Hitler con el fin de despedirse oficialmente. Era lo que correspondía. Fue recibido en la Führerbau (Casa del Jefe) de Múnich el domingo 25 de junio de 1939. En el viaje en tren de Berlín a Múnich conversó largamente con el Reichsführer-SS Heinrich Himmler que le contó “muchas cosas interesantes acerca de las cuales prefiero informar verbalmente”. A bordo del buque alemán Cap Arcona (hundido en 1945), Labougle aprovechó para escribir a su canciller José María Cantilo un lago informe de veinte carillas a máquina.

Antes de entrar al despacho principal del Führerbau se debe aclarar lo que Labougle ignoraba: el 23 de mayo de 1939, Hitler convocó a los más altos jefes militares en la Cancillería. Mientras toma pequeños sorbos de limonada, les dice que ha llegado la hora: “Si hacemos la guerra (a Polonia) no será por Dantzig, sino para extender nuestra espacio vital en el Este y asegurar la subsistencia de las futuras generaciones. Además, si el destino nos fuerza a un conflicto con los occidentales, mejor es disponer antes de mayor espacio en el Este. No se trata de derecho o falta de derecho: se trata de la existencia de 80 millones de alemanes”. Era el Plan Blanco, la invasión a Polonia, y así consta en el Acta de esa reunión en el documento L-79, USA-27 del Juicio de Nüremberg.

Una vez sentados, el Führer comenzó agradeciendo la neutralidad argentina durante la Primera Guerra Mundial. El argentino detalló: “Me dijo que esperaba y abrigaba la esperanza que la Argentina mantenga también en el futuro su situación independiente y que, sobre esa base, Argentina puede contar siempre con su más sincero deseo y apoyo para estrechar vinculaciones”.

El primer día del mes de junio de 1939 se publicó la noticia en los diarios berlineses del traslado del embajador argentino Labougle. Su nuevo destino era la embajada argentina en la República de Chile, uno de los destinos más importantes de la diplomacia argentina. Entre los aprestos de viaje, tareas administrativas y las despedidas que le brindaron, el matrimonio Labougle dejó Alemania recién el 4 de julio de 1939
Tras los primeros escarceos verbales Labougle le preguntó sobre la crisis política mundial. “Echándose hacia atrás en su sillón y con uno de sus gestos habituales, me contestó en tono irónico, más o menos lo siguiente: ‘Bah. La situación recién se podrá aclarar cuando los polacos (y esto lo hizo con un ademán despectivo), por fin y de una vez, así lo resuelvan, o sí ellos quieren conquistar únicamente la Prusia Oriental, o también Pomerania y Silesia, o si así mismo lo desean hasta el Oder o hasta el propio Berlín. Los polacos tienen delirios de grandeza y se olvidan que Alemania tiene no solamente el ejército más poderoso del mundo sino, sin duda, también el mejor equipado (comprendiendo la aviación y la marina), de manera que no tenemos por qué temer a nadie. Si Polonia prueba realizar sus atrevidos proyectos se le hará saber, se le instruirá con la rapidez de un rayo, en donde se encuentran, en realidad, sus fronteras, que no son de manera alguna en el Río Elba o, posiblemente, en el Rhin. Polonia no podrá contar con la ayuda de ningún otro país”, describió.

“El canciller alemán -escribió Labougle- no cree que Francia e Inglaterra se resuelvan prácticamente a intervenir en el conflicto. En su malhumorada ironía, me dijo algo así como que Polonia sería barrida una vez más en su existencia como país independiente. El señor Hitler se demuestra convencido que en el caso de Polonia, los países tanto Escandinavos como Bálticos y también Bélgica, Holanda y Yugoslavia, permanecerían neutrales. Ninguno de ellos quiere la guerra y también Suiza y otros países más”.

“A esta altura de la conversación -informa el diplomático argentino- Hitler habló con violento énfasis demostrativo de su fastidio contra los Estados Unidos de Norteamérica y especialmente su Presidente. Se demostró sorprendido y con cierta amargura por el hecho que Franklin Roosevelt no hubiera contestado a su último discurso ante el Reichstag”. Y afirmó: “No comprendo cómo no me ha respondido; lo esperaba; deseaba mantener con él una prolongada polémica. No comprendo”. “Quedó pensativo -observó Labougle-. Pasaron por su mente, sin duda, en tropel, la serie de argumentos o razones que habría estado elucubrando desde su retiro en la colina de Bertchtesgaden. Yo lo observaba fijamente, pues, tuve la impresión que en medio del apogeo de su gloria y de su poderío, el silencio de su gran contrincante, le ha proporcionado horas de desilusión y amargura”.

Cuando retomó el hilo de la conversación, Hitler trazó durante en una larga exposición una visión negativa sobre Roosevelt y su relación con los judíos y la prensa estadounidense. Elevó la voz y expresó: “¡Estados Unidos es el país más mal gobernado del mundo y Roosevelt es de los peores gobernantes!”.

Cuando el tema comenzó a declinar, comentó el embajador argentino: “Hitler me dijo pausadamente: En Gran Bretaña me creen un (Schwadroneur) pedante, fanfarrón, a pesar de que he demostrado muchas veces que mis manifestaciones han sido realizadas con toda seriedad. Por el contrario son los ingleses que tienen la boca muy grande. Conozco muy bien a los ingleses: durante meses los he combatido durante la guerra frente a frente. Únicamente cuando se presentaban en una proporción de 1 a 10 pudieron haber registrado, tal vez, un éxito… el soldado inglés nada puede hacer contra el soldado alemán”.

Luego menospreció a la aviación del Reino Unido y señaló: “No le temo a su flota”. “Aún cuando haya razones fundamentales para un conflicto con Inglaterra, la exigencia alemana en cuanto a la devolución de sus colonias subsiste y se realizará si no es por las buenas será por las malas… Únicamente habrá paz cuando los otros consideren las condiciones vitales del pueblo alemán, consintiéndole todo aquello que pueda reclamar de su derecho”. Labougle observó en su informe: “Esta última frase la dijo sentenciosamente; como respondiendo a una firme y categórica resolución, que no puede admitir discusiones”.

Luego se levantaron: “Al estrecharme la mano fuertemente, con un ademán cordial y sonriente, me dijo que esperaba volviera a Alemania, yo que había vivido durante una época trascendental y que vería lo que harán en un próximo futuro”. El destino quiso que Labougle fuera nuevamente embajador en la Alemania en 1956, presidida por Konrad Adenauer, con el gobierno de la Revolución Libertadora y Alemania se encontraba en ruinas y Hitler se había suicidado el 30 de abril de 1945. Al finalizar, Hitler le regaló, como era su costumbre, una foto firmada, que décadas más tarde pude observar.

El Mariscal Göring, el segundo hombre en importancia en ese momento, lo invitó a su Carinhall, su majestuosa residencia, cercana a Berlín. En el inicio de la conversación, Labougle le agradeció su “influencia personal para decidir a las autoridades a fin de que adquirieran un contingente anual de carnes frigoríficas. “Les compro todo los que puedan vendernos”, le dijo el Reichsmarschall.

Seguidamente el diálogo se deslizó hacia Chile, próximo destino del diplomático argentino, y Göering comenzó a discurrir sobre las razas, el germanismo y el mantenimiento de su pureza. Con la franqueza de muchos años de trato, Göring supo decirle, en un tramo de la conversación, sin necesidad: “Sí, pero los argentinos no constituyen una raza; es una mezcla; son una nacionalidad”.

Al embajador Eduardo Lablougle lo reemplazó, hasta 1942, el embajador Ricardo Olivera (después Embajador ante el gobierno de Vichy, la Francia ocupada). Luego fue designado como Encargado de Negocios (A.I.) Luis Luti, hasta que se rompieron relaciones en 1944.

Fuente: www.infobae.com

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