Del muralismo italiano al Riachuelo: Pío Collivadino, el primer paisajista urbano moderno

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Figura clave en la historia del arte argentino, su obra cayó en el olvido por décadas hasta que finalmente fue recuperada. A 150 años de su nacimiento, un recorrido por la vida, las obras y el legado del artista que terminó con el debate sobre si el arte nacional debía ser gauchesco. Su influencia en otros grandes pintores como Quinquela Martín, Spilimbergo y Forner.

Hace solo unos pocos años la figura de Pío Collivadino comenzó a tener un merecido reconocimiento en la historiografía del arte argentino. Su obra estuvo soterrada por mucho tiempo por esas cuestiones de la diálectica del arte y de hecho era básicamente conocido por dos de su más famosas pinturas que se encuentran en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), como La hora del almuerzo (1903) -ver abajo- y El Riachuelo (1916).

Y fue el MNBA donde se realizó, en 2013, una gran retrospectiva que puso su trabajo en valor otra vez y su importancia se hizo aún más latente cuando, en 2017, abrió en Banfield un museo especializado, dependiente de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, institución que recibió en donación su casa de Medrano 165, donde vivió y creó hasta su muerte en 1945.

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Es que Collivadino fue un pintor esencial en el difícil pasaje del siglo XIX al XX y supo entonces componer una estética con elementos de las vanguardias europeas pero con un espíritu porteño que documentó su época con una estética puntillista y preciosita, que lo convirtió, en palabras de Laura Malosetti Costa -doctora en Historia del Arte y autora de Collivadino (El Ateneo, 2006)- en “el primer paisajista urbano modernoque tuvo Buenos Aires; el primer paisajista de La Boca, el primer paisajista del Riachuelo, de los puentes, de los frigoríficos y las usinas”.

En aquel mismo libro de 2006, José Emilio Burucúa – ensayista, historiador del arte y doctor en filosofía y letras- reflexionaba en el prólogo de la publicación: “Un pintor que desde hace mucho tiempo no ocupa la primera línea del gran relato de la plástica nacional, pero cuya calidad técnica y fidelidad a un aprendizaje y un significado cultural del arte lo convirtieron en eslabón y figura insoslayable de pasaje en la cadena principal de transmisión y construcción de la experiencia sensible en la sociedad argentina de la primera mitad del siglo XX”.

“Santa María de la Paz”, 1898. Óleo sobre tela, 112 x 86 cm, en Museo Pío Collivadino

“Santa María de la Paz”, 1898. Óleo sobre tela, 112 x 86 cm, en Museo Pío Collivadino

Pero para llegar a esta instancia, la de un artista rupturista en su época, primero tuvo que realizar un largo recorrido. Nacido en Barracas hace exactamente 150 años, hijo de una familia de carpinteros y constructores lombardos, Collivadino inició su preparación artística en la Societá Nazionale de Buenos Aires en el taller del pintor decorador Luis Luzzi.

Para 1890 ya estaba en Roma, donde se perfeccionó como fresquista y muralista en la Academia de Bellas Artes y bajo la protección del maestro César Mariani dejó su huella en los frescos del Palacio de Justicia de Roma. En Italia también indagó en las escenografías para carnavales y otros festejos populares de Venecia y Roma, un interés que llevaba de su adolescencia cuando intentó ser actor y se interesó en la pintura circense y la escenografía.

De París, Venecia, EEUU y el regreso

“Caín”, su última obra sobre los “grandes temas”, 1898-1900. Óleo sobre tela, 175 x 290 cm, en colección particular

“Caín”, su última obra sobre los “grandes temas”, 1898-1900. Óleo sobre tela, 175 x 290 cm, en colección particular

Collivadino visitó la Exposición Universal de París en 1900 y allí quedó extasiado por la pintura moderna francesa. Aquel encuentro le hizo dar un giro drástico en su propuesta, que profundamente influenciada por el arte italiano, se centraba en componer escenas de “gran asunto”. Aquí comienza a verse, no solo los intereses de un artista moderno, sino que a la vez comienza a mostrar señales del posmodernismo por venir. Collivadino abandona el campo de posromanticismo y comienza a jugar con lo universal, típico del modernismo, pero a su vez se instala de manera tímida en la multiculturalidad, característica del posmodernismo.

Esto puede verse en su famoso La hora del almuerzo, su segundo envío a la Bienal de Venecia de 1903. Ya en 1901 había sido aceptado su díptico Vita onesta -hoy en la romana Galleria d’Arte Moderna- en el planteó una crítica social naturalista que significó la primer participación de un argentina en el gran encuentro de arte internacional.

“La hora del almuerzo”, de 1903. 1903. Óleo sobre tela, 160,5 x 252 cm, en el Museo Nacional de Bellas Artes

“La hora del almuerzo”, de 1903. 1903. Óleo sobre tela, 160,5 x 252 cm, en el Museo Nacional de Bellas Artes

La obra de 1903 -rechazada por el jurado de admisión- fue expuesta junto a las obras de otros 36 pintores y tres escultores en una sala aparte, en un especie de exhibición de segunda selección. Por esa obra obtuvo una medalla de oro en la Louisiana Purchase Exposition de 1904 y dos años más tarde fue adquirida por el MNBA con fondos del gobierno.

Honrado con la Orden de la Corona de Italia en 1905, Collivadino se convirtió en miembro honorario de la Academia de Brera, en Milán. Su experiencia romana en murales le fue de mucho provecho en sus trabajos como decorador en la Catedral y el Teatro Solís de Montevideo y en Buenos Aires.

Algunos de sus trabajos en iglesias: a la izquierda, decoración realizada en la Capilla de la Eucaristía, Iglesia Matriz de Montevideo, 1908. A la derecha: Cúpula del Teatro Solís de Montevideo, 1908. Acuarela sobre papel, 64 x 47,5 cm. Ambas en el Museo Pío Collivadino

Algunos de sus trabajos en iglesias: a la izquierda, decoración realizada en la Capilla de la Eucaristía, Iglesia Matriz de Montevideo, 1908. A la derecha: Cúpula del Teatro Solís de Montevideo, 1908. Acuarela sobre papel, 64 x 47,5 cm. Ambas en el Museo Pío Collivadino

El primer paisajista urbano moderno

A su regreso al país (1906), en la obra de Collivadino se reconoce el legado posromántico, pero rápidamente dejan lugar a los trazos impresionistas y posimpresionistas, como también su práctica plenairista, la de pintar al aire libre. Más allá de estas técnicas, clásicas en el grupo Nexus que integró junto a Fernando Fader, Carlos Ripamonte, Cesáreo Bernaldo de Quirós, entre otros, fueron sus temáticas la que lo convirtieron al mismo tiempo en el primer paisajista urbano.

Grupo Nexus

Grupo Nexus

Mientras los otros representantes de Nexus -como así también el grupo del pintor Martín Malharro, aunque más cercano al simbolismo- todavía trabajaban sobre la base del paisaje rural y lo gauchesco, que eran el eje a partir del que rondaba la discusión del carácter nacional para el arte, Collivadino comenzó con sus representaciones de una metrópolis en ciernes, con una floreciente e inquieta inmigración que no solo generaba un cambio en la estética de la ciudad, sino también en sus costumbres y, por ende, llevaba el territorio hacia un espacio que necesitaba ser abordado.

Avenida Ingeniero Huergo e Independencia, 1917. Óleo sobre tela, 72 x 85 cm, en Galería Zurbarán

Avenida Ingeniero Huergo e Independencia, 1917. Óleo sobre tela, 72 x 85 cm, en Galería Zurbarán

Un ejemplo claro de cómo Collivadino era ya entonces un artista diferente pudo verse en la primera exposición de Nexus (1907), cuando se lo denominó como el “pintor de los faroles” suburbanos -había documentado los últimos faroles de gas en vigencia con un lenguaje mucho más cercano a la fotografía, que ya era popular en los diarios, revistas y postales. Su obra resultó tan poco interesante, tan alejada del debate del “carácter nacional del arte”, que se la calificó como pintura sin tema.

“Collivadino fue un artista multifacético, que manejó diversas disciplinas a lo largo de toda su carrera. Su faceta más destacada es la de pintor, especialmente porque fue uno de los primeros artistas en plasmar el paisaje de la ciudad de Buenos Aires a principios del siglo XX, con una mirada muy particular sobre sus calles y su vida cotidiana. Por otro lado, su exitosa carrera en Italia lo ubicó como un referente del arte latinoamericano. Es insoslayable su rol como docente y su labor institucional que sin dudas son un importantísimo legado”, dijo a Télam Catalina Fara, quien participó del libro El taller de Collivadino (UNSAM, 2019)

De pobreza y desarrollo: a la izquierda, “Barrio de La Quema”, 1930 (Óleo sobre tela, 72,3 x 84,5 cm, en colección particular). A la derecha, “El Banco de Boston o La Diagonal Norte”, 1926. (Óleo sobre tela, 77 x 100 cm, en colección particular)

De pobreza y desarrollo: a la izquierda, “Barrio de La Quema”, 1930 (Óleo sobre tela, 72,3 x 84,5 cm, en colección particular). A la derecha, “El Banco de Boston o La Diagonal Norte”, 1926. (Óleo sobre tela, 77 x 100 cm, en colección particular)

Pero Collvadino no solo miraba el desarrollo y lo hacía arte. En su obra además de las escenas portuarias, las grandes avenidas y los nuevos edificios -rascacielos o industriales- también colocó su ojo en el desbalance que esto generaba y en la distribución inequitativa del progreso, capturando también escenas de los barrios marginales, proponiendo así un escenario amplio y riquísimo en matices, capturando tanto la luminosidad de la ciudad, como la oscuridad luminosa de los suburbios durante las tres primeras décadas del siglo XX.

Maestro de maestros 

“Usina”, 1914. Óleo sobre tela, 82 x 106 cm, en Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori”

“Usina”, 1914. Óleo sobre tela, 82 x 106 cm, en Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori”

Collivadino fue un artista en el que convivieron los diferentes estratos sociales. Mientras pintaba al aire libre los escenarios portuarios, a donde llegaba en su carro tirado a caballos, podía por las noches participar de los círculos más elegantes que frecuentaban el Museo de Bellas Artes en Plaza San Martín.

Es que el artista estuvo al frente la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA) -realizará una charla homenaje el próximo jueves- y Escuela de Artes Decorativas de la Nación entre 1908 y 1936. Desde allí realizó una importante contribución al fundar los talleres de grabado y escenografía, como así también enseñó lo aprendido en Roma en pintura y grabado a varias generaciones. Pertenecer a este círculo homologador del arte le valió un duro revés, ya que se lo consideró un representante de los viejo, de los estoico, un enemigo de las manifestaciones de vanguardia, lo que le generó un largo vacío historiográfico a posteriori.

“El Riachuelo”, 1916 Óleo sobre tela, 72,3 x 84,5 cm, en Museo Nacional de Bellas Artes

“El Riachuelo”, 1916 Óleo sobre tela, 72,3 x 84,5 cm, en Museo Nacional de Bellas Artes

Sus aportes como profesor fueron esenciales en la formación de varios artistas, hasta su retiro en 1935, fueron alumnos suyos Lino Enea Spilimbergo, Miguel Victorica, Raquel Forner, Héctor Basaldúa y Benito Quinquela Martín, entre otros. De hecho, dice la historia mítica del arte argentino que un día un jovencísimo Benito Chinchella (más tarde Quinquela Martín) se encontraba dibujando en el puerto. Ya siendo director de ANBA, don Pío -como lo llamaban- detuvo su marcha camino hacia otro lugar, se acercó y luego de mirar sus cuadros, le dijo: “Usted puede llegar a ser el pintor de La Boca”.

Don Collivadino (ANBA)

Don Collivadino (ANBA)

Además, ejerció una notable influencia en su enseñanza en grabado al aguafuerte, que luego utilizaron los artistas del Grupo de Barracas -luego conocidos como los Artistas del Pueblo, un colectivo que durante las décadas del ’20 y ’30 trabajaban a partir de una fuerte convicción política ligada al pensamiento de izquierda, especialmente anarquista. Uno de sus referentes, Guillermo Hebequer, fue su alumno.

“Puente Alsina”, 1914. Óleo sobre tela, 96 x 112 cm, en el Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori”

“Puente Alsina”, 1914. Óleo sobre tela, 96 x 112 cm, en el Museo de Artes Plásticas “Eduardo Sívori”

Esa pasión juvenil por el teatro, que puso en práctica durante su estadía en Italia, regresó como fundador de la Escuela de Artes Decorativas y de la Escuela de Escenografía del Teatro Colón. También fue director de la Escuela Prilidiano Pueyrredón hasta 1944, cuando el nuevo gobierno militar del general Pedro Pablo Ramírez lo expulsó de sus funciones por su “influencias europeas”.

El pintor, dibujante, periodista y escritor Geno Díaz, quien fuera su alumno, escribió en su autobiografía: “El 4 de junio, estalló la revolución, y expulsó al director de la escuela, don Pío Collivadino, un hombre de grandes conocimientos técnicos, un reconocido artista que había dedicado su vida a la Escuela. Fue cruelmente reemplazado por uno de esos perversos incompetentes, y el ilustre maestro anciano murió de tristeza. Fue un crimen más, entre muchos otros, del fascismo en la Argentina”.

Libros: “El taller de Collivadino” (UNSAM, 2019) y “Collivadino” (El Ateneo, 2006)

Libros: “El taller de Collivadino” (UNSAM, 2019) y “Collivadino” (El Ateneo, 2006)

*Homenaje al artista Pio Collivadino, conferencia a cargo de María Isabel Baldasarre, Mariana Buscaglia y Laura Malosetti Costa.
Jueves 22 De agosto, 18:30 hs
Academia Nacional de Bellas Artes, Sánchez de Bustamante 2663
Entrada gratuita

Infobae.com

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