Marcelo Brodsky y una radiografía poética del Teatro Colón

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El artista plástico de 64 años presenta hoy “El alma de un gigante”, un libro que contiene fotos históricas e inéditas del teatro, todas intervenidas artísticamente, pero también imágenes actuales, testimonios e historias de “la gente que no se ve”. En esta nota, algunas de esas postales y una conversación con Brodsky sobre arte, inmigración, trabajo y solemnidad

«El santuario supremo de la Belleza, de la Música y del Lujo»: una de las tantas definiciones que Manuel Mujica Lainez hace del Teatro Colón en El Gran Teatro, su novela de 1979. También destaca, por ejemplo, su «enormidad acogedora». No es el único que posó sus ojos literarios sobre esta exquisita mole de cemento ubicada en las orillas de la 9 de Julio. «Nuestro primer Coliseo», precisó Raúl Soldi; y Silvina Ocampo, con su belleza característica, dijo que es «un lugar paradisíaco y por supuesto diabólico (…) un aeródromo donde los motores son música y los aviadores cometas». ¿Cómo representar todo lo que el Teatro Colón significa? Aunque lo intenten, pareciera que las palabras no alcanzan. Por eso, hay que pensar nuevos lenguajes.

Eso, nuevos lenguajes. Marcelo Brodsky no es estrictamente un escritor, ni un lingüista, ni un semiólogo. Es fotógrafo y artista plástico: su lenguaje es visual. Y su objetivo, al construir El alma de un gigante, el libro que retrata al Teatro Colón por dentro, fue ahondar en las posibilidades de expresión que se extienden en las imágenes. En la primera que aparece en el libro está Brodsky. Es él, aunque su cara tenga una careta. Con su mano izquierda sostiene la máscara y con la derecha su cámara que apunta al espejo de un camarín y ese reflejo es capturado en la foto. Como ocurre en el resto del libro —he aquí la gran novedad: su estilo—, hay una intervención colorida sobre la imagen. En este caso, algo mínimo, una frase: «El teatro es el escenario de nuestra transformación en todos los personajes posibles».

Marcelo Brodsky: el artista y su obra

Marcelo Brodsky: el artista y su obra

En resumidas cuentas, El alma de un gigante funciona como una constelación. El trabajo estrictamente fotográfico de Brodsky está en inmiscuirse en los pasillos, los talleres y los salones del teatro para fotografiar lo que nadie ve: obreros, artesanos, artistas, los que no salen a escena. Pero no se agota ahí. También hay una búsqueda historiográfica donde recorre personajes emblemáticos, escritores que lo nombran, sus obras más destacadas, fotos inéditas que datan de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, todas intervenidas con los colores de este artista contemporáneo. Así, la intervención estética se mezcla con la documentación pero también con los testimonios. En ese collage, hay una nueva mirada, una nueva perspectiva de lo que significa el Colón.

Intervención de Brodsky de una foto tomada en 1938 de un ensayo de orquesta

Intervención de Brodsky de una foto tomada en 1938 de un ensayo de orquesta

Ahora, en la tarde de este martes soleado de invierno, Brodsky charla con Infobae Cultura. «Es un libro con el tamaño del programa de mano del teatro», dice del otro lado del teléfono, entusiasmado y contento por cómo quedó el libro. Es, sin lugar a dudas, un objeto artístico, pero también «una cosa más maleable, pensada con la idea de la lectura, de conocer a fondo los pocos aspectos conocidos del teatro», explica. «Mis intervenciones con las imágenes van creando un lenguaje narrativo más complejo, digamos, como para pensar el teatro, no solo desde el espectáculo, sino lo que significa el Colón, que es la principal institución cultural del país. Es una radiografía poética a través de sus trabajadores, no de las divas o de los directores de orquesta, que tienen que estar, obviamente, sino de todos los que llevan adelante su trabajo de forma cotidiana», agrega.

Arturo Toscanini, intervenido por Brodsky

Arturo Toscanini, intervenido por Brodsky

Una de las estrellas de esta constelación que diseñó Marcelo Brodsky es la inmigración. «Hoy, un tema candente», asegura. «Nuestra identidad cultural no hubiese sido posible sin esa inmigración. Eso en el Teatro Colón está presente de una manera muy clara, porque es un teatro muy moldeado por la inmigración, principalmente por la italiana pero también por la rusa y la francesa». Y en ese cruce de culturas, que ya está presente en sus orígenes con las grandes olas inmigratorias provenientes de Europa —el Colón se funda en 1857 frente a Plaza de Mayo, donde hoy funciona el Banco Central, y luego, en 1908, se muda donde está actualmente—, es que aparecen las historias. Historias de «la gente que no se ve».

«‘El Tano’ no sale del teatro. Vino de Italia, se metió en el Colón y no salió más», cuenta Brodsky. Se refiere Antonio Gallelli que llegó al país a las 12 y en 1960, a los 19, ingresó al Colón. Su testimonio está en El alma de un gigante: «En el teatro casi se hablaba en italiano. Por ejemplo, se decía ‘vietato fumare’ en lugar de ‘no fumar'». Pero también aparece la voz de Brodsky, con manuscrita, a modo de secreto develado. «Cuenta el Tano Gallelli que nadie quiere desarmar los Cristos en la cruz que forman parte de una escenografía. Al terminar la puesta, estas representaciones de la crucifixión de Jesús pasan a los depósitos y las transforman en pequeños altares. Se habla de una enorme figura de Cristo que permaneció durante muchos años detrás de los telones, y nadie osaba moverla», se lee. En las páginas siguientes, fotos de «El Cristo obrero».

Talleres del Colón en el predio La Nube (foto de Marcelo Brodsky)

Talleres del Colón en el predio La Nube (foto de Marcelo Brodsky)

«Por suerte me dieron libertad creativa total para hacerlo», comenta en esta breve conversación telefónica con Infobae Cultura. ¿Cómo construir una estética del Teatro Colón, un lugar tan solemne, tan clásico, tan majestuoso, desde el arte contemporáneo? «Lo que está pasando con el arte es que se difuminan las fronteras de las disciplinas. Todo va relacionándose de modo tal que están cada vez más emparentadas. Las artes visuales no son, en un principio, solemnes. Lo fueron quizás en la época renacentista, por su vocación educativa y religiosa, pero ahora es todo lo contrario: las artes visuales buscan hacer preguntas e invitar al pensamiento», responde. «Hoy en día, para narrar cualquier historia, si no utilizás imágenes, no te dan ni cinco de bola. Las imágenes cumplen un rol central».

Esa ironía está presente en el libro. Por ejemplo, en una postal de los palcos de la sala principal que data de 1910, Brodsky la interviene con su estilo particular y escribe, al lado, en manuscrita: «Los palcos no son para ver, son para ser vistos». En ese sentido, este artista asegura haber pensado todo el tiempo en el lector: «Lo pienso joven, que no conoce lo que hay detrás del Teatro Colón pero que lo imagina». Y en ese juego lúdico, en esa complicidad entre artista y espectador —en este caso: lector— es que se construye un nuevo sentido. Su objetivo, insiste, es «acercar el Teatro Colón a las nuevas generaciones, revitalizar su historia, hacer a la solemnidad más accesible».

Intervención de Brodsky sobre una foto del antiguo taller de sastrería

Intervención de Brodsky sobre una foto del antiguo taller de sastrería

Si el espectáculo es una máscara, cabe siempre la pregunta por su confección. No por sus autores intelectuales solamente, también por los materiales. ¿Cuántos trabajadores diseñan, cosen, pintan, arreglan y construyen detrás de bambalinas, en la sombra? Ellos son los protagonistas de El alma de un gigante, «el gran orgullo del Colón», dice. Entonces Brodsky hace una pausa, un silencio del otro lado del teléfono, piensa no más de un segundo, y retoma la conversación así: «¡Por supuesto que Barenboim Argerich son nuestros orgullos también! Pero ya están los suficientemente reconocidos. Este libro busca reivindicar a esos trabajadores, a esos artesanos que uno normalmente no ve. Todas esas actividades, todas juntas pintan un teatro distinto. Hay muchas anécdotas, muchos secretos y muchas cosas que aparecen en la charla con estos trabajadores».

«El Colón es un factor de orgullo para todos los argentinos. Que tengamos un espacio con este nivel de producción y de arte… esto va más allá. Estamos a una semana de las elecciones, han pasado todos los regímenes, pero el Colón ha seguido produciendo arte y cultura», concluye este artista plástico de 64 años. Sabe —no sólo lo intuye, sino que tiene la certeza— que construyó una nueva mirada sobre el Colón, una nueva perspectiva, un nuevo lenguaje. Ahora, y gracias a su óptica, el teatro más importante de la Argentina se muestra un poco menos solemne, más accesible, más terrenal, más cercano. Al menos un poco. Porque, como decía Walter Benjamin de las grandes obras de arte —¡y vaya que el Colón lo es!—, siempre mantendrán su lejanía por más cercanas que parezcan. Y está bien que así sea.

Tapa de “El alma de un gigante”, libro de Marcelo Brodsky

Tapa de “El alma de un gigante”, libro de Marcelo Brodsky

* Presentación de «El alma de un gigante»
Miércoles 7 de agosto a las 19 horas
Participan: Marcelo Brodsky, la directora del Colón María Victoria Alcaraz y la curadora y crítica de arte Florencia Battiti
Salón Dorado del Teatro Colón
Libertad 621 – CABA

Infobae.com

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