Historias de amor, sexo, soledad y miedos: Inés Garland cuenta cómo es narrar la intimidad en voz baja

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La autora de “Con la espada de mi boca” pasó por Infobae para hablar de su nuevo libro de cuentos, de sus lecturas, de su modo de pensar los encuentros amorosos entre las personas y de cómo es escribir sobre sexo sin descarrilar. “A mí no me gusta pensar en lectores, me gusta pensar que estoy hablando con una persona por vez”, dijo

Inés Garland habla tranquila. No, tranquila no. Inés habla relajada, siempre. Piensa lo que dice, se toma el tiempo pero no en silencio sino casi reflexionando en voz alta. Lo hace con naturalidad: está acostumbrada a pensar su oficio porque no solo escribe sino que desde hace muchos años también enseña a escribir. Y a leer.

Comenzó a publicar pasados los cuarenta años, pero la literatura le sigue los pasos desde siempre, desde muy temprano. Sus libros de cuentos y sus novelas Una reina perfectaLa arquitectura del océanoEl rey de los centauros Una vida más verdadera le hicieron ganar un lugar en la narrativa argentina y, en paralelo, el suyo es también un nombre propio en la literatura para chicos y jóvenes. Por el ya clásico Piedra, papel o tijera recibió hace diez años el Deutscher Jugendliteraturpreis, uno de los premios más prestigiosos de Europa.

Por estas semanas, Inés Garland, una de las más grandes traductoras argentinas contemporáneas, además -por sus manos pasaron libros de Lorrie Moore, Lydia Davis y Sharon Olds, entre otros grandes autores-, está presentando Con la espada de mi boca(Alfaguara), un conjunto de relatos de ficción en donde hombres y mujeres, adolescentes y adultos viven, hablan y reflexionan sobre sus temores, sus fracasos y sus momentos de mayor entrega. Dueña de una prosa sutil y delicada pero también incisiva como un escalpelo, Garland consigue en sus textos breves, con humor y profundidad llegar hasta los puntos más sensibles de un ser humano.

Días atrás, Garland pasó por Infobae para hablar de su nuevo libro de cuentos, de sus lecturas, de su modo de pensar los encuentros amorosos entre las personas, del nuevo momento por el que pasan las mujeres y de cómo es escribir sobre sexo sin descarrilar. “El equilibro delicado para escribir sobre sexo tiene que ver con que el lector pueda completar algo de lo que decís. La intimidad es tan íntima que si vos ponés todo, deja de ser íntima, deja de ser interesante, y deja de ser interesante para el lector también. Entonces hay espacios que tiene que completar el lector con su propia intimidad”, asegura.

(Crédito: Santiago Saferstein)

(Crédito: Santiago Saferstein)

— Tu último libro de cuentos que se llama Con la espada de mi boca, que es un título que de entrada me pareció que lo entendía y después pensé que tiene múltiples sentidos. Me gustaría saber por qué decidiste titular así, que no es tampoco el título de ninguno de los cuentos.
— A mí me pasa con la escritura en general que tomo decisiones sin pensar demasiado, como si hubiese una parte muy inconsciente que las toma y después, cuando las pienso, encuentro las respuestas. Y muchas veces las respuestas vienen a partir de las preguntas que me hacen cuando el libro sale. Una noche me fui a dormir pensando en qué iba a responder en las entrevistas. Yo sabía, tenía una explicación que seguramente es la que vos sentiste inmediatamente, que tenía que ver con que la literatura, la boca, lo que dice la boca, puede llegar a ser violento, puede llegar como algo que rompe o que… Y bueno, al día siguiente me desperté y me senté a escribir todo lo que se armó ahí mientras yo dormía. Y hay una frase de Kafka que dice que la literatura es el hacha que rompe el mar helado. Y pensé que era algo de eso, pero como muchos de los cuentos tienen que ver con la vergüenza, con cosas que uno lleva en la vida que son dolorosas, que serían cosas de las que no se habla, y me parece que eso arma una coraza para las relaciones con los demás y que esa espada viene a romper eso, porque viene a hablar de las cosas que no se puede hablar y hablar de esas vergüenzas. Y de algún modo tiene algo también de cortar y meterse ahí adentro.

— También se podría decir que son textos que hablan de los cuerpos, del sexo, de la erótica. Y la boca y la espada son símbolos de eso.
— También. Y eso por ejemplo sería, está muy bien lo que decís porque esa sería otra manera más de entender el título. De hecho hacen todo tipo de chistes con malos entendidos con el título. Pero es verdad, boca y espada, sí.

(Crédito: Santiago Saferstein)

(Crédito: Santiago Saferstein)

— Hay algo con los relatos que me hizo recordar en algún punto a Silvina Ocampo y sus cuentos vinculados con la ligera perversión, por decirlo así. Me apareció que tal vez, si Silvina Ocampo escribiera hoy, escribiría sobre los temas de tus cuentos.
— Yo la leí mucho, desde adolescente, y me encanta. Me acuerdo siempre de un cuento de ella, que no me voy a acordar el nombre, es una niña que está por tomar la primera comunión (N de la R: “El pecado mortal”), y tiene mucho el tono de las perversiones y de los mundos sugeridos que a mí me interesa contar. Así que bueno, te agradezco desde ya (Risas)

— Hay una especie de repaso, de historia de la sexualidad argentina de las últimas décadas. Incluso hay un relato cuyo argumento se repite muchos años después, “Evitar la ocasión” se llama, uno ocurre en 1978 y el otro en 2017. Y trata sobre el encuentro sexual natural de dos adolescentes, y lo que puede provenir de ese encuentro. Cómo se lo vivía antes y cómo se lo vive ahora. ¿Cómo se te ocurrió hacer eso?
— El contexto del primer encuentro sexual entre adolescentes puede haber cambiado pero la esencia del encuentro no. Entonces me interesó mostrar eso, y, de hecho, el párrafo que narra el encuentro sexual es copy paste, es el mismo, exacto, pero en el de 1978 los padres no están y hay un desconocimiento muy grande y en el de 2017 es distinto, el padre está en el cuarto de al lado, hay una escena antes donde el padre le dice “qué buena que está Magdalena” y es una incomodidad para el chico y también, se insinúa, para el padre. Como esta cosa de ahora hablamos de todo y podemos ser compinches pero cuando llega el momento de la sexualidad, que es algo tremendamente íntimo, donde eso incomoda. Y quise decir eso. Me pasa mucho que los padres me dicen “ah, pero yo hoy en día hablo con mis hijos cosas que con mis padres jamás hablé”. Es verdad, nosotros, por lo menos yo, porque tampoco voy a hablar por todo el mundo, pero yo no tenía la menor idea de nada, no había hablado nunca de nada, nadie me había dicho nada. Hoy se habla pero hay algo que no se puede hablar y es lo que le pasa al cuerpo y lo que le pasa al deseo desatado. Vos lo podés ver, te lo pueden contar, podés ver lo que quieras, pero no vas a saber cómo es.

— Decís que no te habían hablado. ¿Cómo era tu mapa familiar?
— Era la mayor de cuatro hermanas. Un colegio católico de mujeres, que es un avispero de maldad (risas). Tengo algunas ex compañeras de clase que me han dicho en encuentros de egresadas que ellas no tenían la misma sensación. O sea que también tenía que ver con cómo era yo. Yo tenía una cosa como muy inocente y muy… Tampoco era tan curiosa. En casa había una pila así de revistas Playboy que estaban prohibidas y a mí nunca se me ocurrió mirarlas.

(Crédito: Santiago Saferstein)

(Crédito: Santiago Saferstein)

— ¿Pero quién las compraba?
— Papá. Y cuando mis primas venían lo único que querían era ver las revistas y yo les decía “no, no, papá dice que no las veamos”, y ellas las veían y yo no.

— Vos cumplías.
— Yo cumplía. Era muy obediente.

— ¿Y cuándo te hiciste desobediente?
— Ay… me fui haciendo. No sé si soy tan desobediente como debería haber sido. Fui muy desobediente te diría que grande… Bueno, dejé la facultad y me fui a viajar con mochila y fue como empezar una segunda vida. Estuve un año entero, dormía en la playa, canté en boliches, trabajé durante todo el viaje en distintas cosas.

— ¿Te fuiste sola?
— Me fui sola y viajé muy sola. Y mi vida en general después fue de mucha soledad. Entonces también eso fue haciendo que fuera muy distinta a mi entorno y me fui abriendo cada vez más. Y en el medio, o sea el viaje ya fue un acto de rebeldía muy grande, por más que fui con la anuencia de mis padres. Y después cuando volví no entendía nada.

— ¿Cuántos años tenías?
— En el viaje, 21.

— ¿Y volviste a la casa de tus padres?
— Volví un ratito y me fui a vivir sola. Y a partir de entonces hice un camino larguísimo de, uy, es para hablar… Como que en algún momento la rebeldía da una vuelta y hay que rever las cosas que rompiste con tanta violencia. No te sacás de encima todo así nomás.

— Tenés una hija de 25 años y escribís para chicos y das o diste talleres para adolescentes. Es decir que seguís viendo lo que les pasa a los más jóvenes.
— Sigo mirando mucho. Sigo viendo además, como escribo para jóvenes también me toca ir a colegios y ahí hablo mucho con ellos, con sus maestras. En los talleres para adultos aparecen los hijos, digo, en los cuentos y en las cosas que hablamos. Y me gusta mucho conversar y mirar qué pasa con la sociedad, leer. Bueno, esto de que muchos de los jóvenes ahora reciben educación sexual a partir de la pornografía, el desconcierto que eso produce. El tema que creen que se las saben todas y no es tan así.

— ¿Sentís que te pusiste más conservadora de grande?
— No, para nada, más conservadora que cuando era adolescente, difícil. Pero no diría que soy conservadora, para nada. Es larga de explicar la vuelta al tema que le di. Me parece que hay algo de la conexión entre los seres humanos, de estar presente cuando estás con otro, que los conservadores taparon esa verdad o taparon eso con mandatos que vienen de afuera hacia adentro. Pero si uno fuera de adentro hacia afuera y entendiera lo que es el encuentro con otra persona, el verdadero encuentro con otra persona, y por verdadero me refiero a ser vulnerable, abierto, disponible para el otro, sin defenderse, todo un ideal por supuesto, ¿no?

— Hay varios de tus textos que tratan eso desde distintos ángulos, las preguntas por las historias pasadas, preguntándose por el fracaso…
— Porque reflexioné muchísimo sobre mi vida y sobre la vida en general de los que me rodean. Me interesa mucho ir más allá de las ideas preconcebidas sobre las cosas, poder volver a pensar. Y volver a pensar el sexo fue una de las cosas que me pasó; porque fui y volví viste, hice un viaje muy largo. ¿Qué es el encuentro sexual? Cuando lo abstraés del deseo del cuerpo, que es algo que te lleva puesto, ¿qué es además de eso?, ¿qué más pasa ahí? Y para mí no existe el sexo casual, o sea hay algo muy profundo en el encuentro sexual. Después no quiere decir eso que vos tengas que armar una pareja con la otra persona, porque eso pasa por otro lado. Pero sí el reconocimiento de que ahí pasó algo muy profundo donde vos te encontraste con otra persona, hubo una entrega, si es sexo como “debería ser” –digo debería ser entre comillas.

— ¿Estás diciendo que el hecho de que haya sido algo eventual no lo hace casual?
— Que haya sido eventual no quiere decir que sea superficial. Y remueve cosas muy profundas, emocionales. Por supuesto a todo el mundo no le pasa, yo digo cómo lo veo yo y cómo creo que serían o son los adolescentes sin todo lo que les meten que es “hacé lo que quieras”. En ese sentido parece que fuera conservadora, pero no creo que sea conservador lo que pienso.

— Te lo preguntaba porque en estos momentos es raro encontrar en un libro relatos como los tuyos en los cuales los protagonistas son varones atemorizados, varones que no saben dónde ponerse o que sobreactúan una ternura y lo que llaman nuevas masculinidades. Mirás todo desde un lugar que, por momentos, parece decir: tal vez hay algo de las tradiciones que no está mal preservar. Me pareció leer eso.
— Me parece que me concentro mucho en la vulnerabilidad, que es algo que compartimos hombres y mujeres. Y me parece que el camino para encontrarnos, los hombres y las mujeres, las mujeres con las mujeres y los hombres con los hombres, el camino para que los seres humanos se encuentren es eso, reconocer la vulnerabilidad y de qué modo nos afectamos los unos a los otros. No me parece que la manera de encontrarnos sea desde ahora “me toca a mí maltratarte”, o “ahora soy yo la que tiene el poder”. Si seguimos peleando por el poder hay algo que no va a resultar. O sea, necesitamos colaborar. Creo que está muy bien todo lo que está pasando con el feminismo porque llama la atención sobre cosas que han pasado que no estaban bien: es imposible estar en contra de lo que está pasando en ese sentido. Pero a la vez me parece que se está perdiendo de vista esto de la colaboración, de que lo mejor que nos podría pasar es colaborar los unos con los otros y ser realmente iguales. Y no se consigue con maltrato ni con violencia, me parece que la violencia engendra mucha violencia.

— ¿Cuando vas a los colegios surge el tema de los escraches a los varones adolescentes que se está dando en algunos colegios?
— Yo el cuento del escrache lo saqué de algo que me contaron y lo inventé por supuesto pero sí, fue a raíz de un chico al que habían escrachado. Las redes traen una gran irresponsabilidad también. Yo puedo anónimamente decir cualquier cosa, yo puedo llamar la atención, yo puedo tener muchos likes y decir cualquier cosa, y hay algo que se está perdiendo de vista de la responsabilidad que tengo sobre mí mismo y sobre las personas que me rodean, me parece a mí.

— ¿Y cómo ves la cuestión de disparidad en los encuentros sexuales o amorosos? Es decir, hombres grandes con mujeres jóvenes, o mujeres grandes con muchachos jóvenes, o gente del mismo sexo pero donde la relación de poder funciona también a partir de la edad.
— Y el tema es eso, la relación de poder. Y en los casos de los que hablo o escribo tienen que ver con chicas que están probando sus armas, que es algo que se ha hecho siempre: probar las armas, y si fueran varones pasa lo mismo. Y creo que es el adulto el que tiene la responsabilidad de ver qué límites pone. Ahí hay una clara disparidad de muchas cosas, ese “porque me provocó” aparece mucho en los cuentos, o “le tiraba el cuerpo encima”, lo provocaba, y sí, claro que sí, las adolescentes o los adolescentes están viendo qué pasa con eso.

— Y a veces se llevan todo por delante.
— A veces saben lo que está pasando, de algún modo. Pero es el adulto el que tiene que decir no, ¿viste? En uno de los cuentos la mujer es la pareja del padre, y no está bueno, no puede ser bueno para ese chico ganarle al padre en esas lides. Ni viceversa, ni para una chica ganarle a su madre en esas lides. No así, digo, ya va a haber tiempo de ganar. En el sentido me imagino a los ciervos que traban los cuernos, viste. Lo veo todo el tiempo, no sé si soy yo que tengo esa mirada, yo creo que es así, los jóvenes vienen a reemplazarnos en algún sentido, por lo menos en eso. Vienen con toda su fuerza, con toda su sexualidad, con todo su deseo. Y está bien.

— Coincido plenamente, lo que también tenemos que pensar es que no son solo los chicos quienes vienen a “matar” simbólicamente a la madre o al padre sino que lo estamos viviendo hoy son padres y madres que en realidad aplastan a esos chicos.
— Totalmente, totalmente. Mucha gente no quiere ser el padre y la madre, quieren ser los compinches, los amigos… Entonces hacen todo con los hijos. Y ahí sí soy conservadora… Primero hay algo de los límites, del orden, de saber que vos te podés recostar en alguien, que vos podés confiar en alguien. A tus amigos los tenés para hacer las cosas, para probar la vida, para hacer desastre, es así. Pero tu padre y tu madre tienen que ser personas que te pueda contener. Si la madre quiere salir con la hija, vestirse como la hija, para mí no sé, hay algo de territorios que no me gusta. Donde además no nos equivoquemos, la madre tiene más fuerza, de saber, de conocimiento, de haber pasado más tiempo. Fuerza de otro tipo. Entonces puede verdaderamente aplastar a una hija. Y el padre también. Cuando los padres se ponen a competir con los hijos. Esto existía desde mucho antes también.

— Sí.
— La competencia desleal.

— Sí, creo que existía desde antes pero que creo que lo que no existía era esta idea de ser joven eternamente.
— No, y el endiosamiento de la juventud, que es como si fuera la mejor virtud que podés llegar a tener. Que tampoco creo que sea cierto, no es fácil el paso del tiempo en esta época. Yo siempre digo que cuando yo era adolescente estaba de moda tener 30 años, gente, mujeres de 30 años, y cuando yo iba hacia los 30 pasaron para el otro lado patinando a toda velocidad y se puso de moda tener 16 y yo estaba ahí. Digo, probablemente cuando tenga 80, si es que llego, se va a poner de moda tener mi edad de ahora.

— En tu novela Una vida más verdadera, que es una novela breve que habla de un amor clandestino, pero sobre todo en estos cuentos, trabajás mucho lo que tiene que ver con el sexo sin descarrilar en ningún momento. ¿Cómo se hace para escribir sobre sexo sin descarrilar?
— Que pregunta, ¿no? Me parece que el equilibro delicado para escribir sobre sexo tiene que ver con que el lector pueda completar algo de lo que decís. Con no darle todo porque cada uno puede después llevarlo para su lado. La intimidad es tan íntima que si vos ponés todo, deja de ser íntima, deja de ser interesante, y me parece a mí deja de ser interesante para el lector también. Entonces hay espacios que tiene que completar el lector con su propia intimidad. Hay una sutileza ahí que para mí hay que trabajar y la trabajo mucho. No me interesa ser obvia y busco mucho la forma, corrijo, corrijo, corrijo, busco mucho la forma de narrarlo de tal manera de no descarrilar, como decís vos, pero también de que se genere esa sensación de te estoy contando algo que te lo estoy contando a vos casi en voz baja, no lo estoy gritando, no estoy haciendo un show de esto, no lo estoy haciendo frente a muchas personas, es un acto de intimidad también la lectura de estos cuentos. Es lo que a mí me interesaría que fuera. Ahora, cómo lo hago no sé, lo hago porque ese es el sentimiento que tengo. A mí no me gusta pensar en lectores, me gusta pensar que estoy hablando con una persona por vez.

— ¿Sentís que tu literatura se inscribe dentro de alguna serie tanto en la literatura argentina como en otra clase de literatura?
— A mí me cuesta mucho eso porque soy muy reconocida con todo lo que leí en la vida y reconozco mucho a los escritores norteamericanos en general y a Silvina Ocampo, a Sara Gallardo. Pero me cuesta sentirme inscripta en una serie. Sí tengo un reconocimiento, como además tengo muy mala memoria todo lo que fui leyendo en mi vida se mezcla en mí, no sé qué decir, en mi inconsciente, en mi parte creativa, y vuelve cuando estoy escribiendo, y vuelve con el modo, vuelve con imágenes… Y sé que es todo eso que yo leí antes. Entonces estoy profundamente agradecida. Pero no lo digo de esa manera más académica de sentirme inserta en una serie.

(Crédito: Santiago Saferstein)

(Crédito: Santiago Saferstein)

— Te hago la última pregunta porque no hablamos de tu tarea como traductora y sos una de las traductoras últimamente más reconocidas sobre todo porque te tocó trabajar además con textos que dieron a conocer de pronto autores, autoras también muy valiosas que no eran tan conocidas y se conocieron a través de tu trabajo. Cómo influyen autoras como Lydia Davis o Sharon Olds u otros, cómo influye en tu trabajo como escritora la traducción.
— Es un modo de lectura muy profundo la traducción, entonces yo siempre digo para mí Sharon Olds me cambió mi manera de escribir ciertas cosas. En este libro yo creo que ella está ahí. Cuando yo traduzco es como si le diera la bienvenida a un lenguaje extranjero en el lenguaje propio y quisiera que se sintiera cómodo y tengo que mirar eso y tengo que a la vez ser muy fiel, quiero ser muy fiel a la emoción que me produjo lo que leí, a la temperatura que yo creo que tiene la palabra, que eso es un término que usa Lydia Davis, la temperatura de las palabras. Entonces busco mucho, mucho, mucho cómo decir y primero tengo que entender perfectamente lo que estoy traduciendo. Una vez que lo entiendo lo hago pasar como por una especie de tamiz y ahí empiezo a buscar las palabras. Y es un trabajo tan arduo que inevitablemente se traslada a mi propia escritura, porque me vuelvo mucho más precisa. Hay algo de precisión para mí, de la eficiencia del lenguaje, de la eficacia, de decir “esto dicho así dice lo mismo pero no tiene la misma precisión”, por ejemplo. Sharon Olds es un bisturí cómo escribe, es con la espada de mi boca, tiene un filo para escribir, para contar las cosas, para hablar del cuerpo, que yo creo que es inevitable que me haya transformado, porque de algún modo es como tomar su manera de decir y buscarla en mi propia lengua.

— Permeó en tu propia lengua.
— Exacto. Es como si hubiera pasado por una forma de tratar el lenguaje, que por supuesto no es el de ella porque ella es norteamericana, pero es el equivalente en español, en castellano. No puede no haberme marcado. Yo siento mucha gratitud con Sharon Olds. A mí además me permitió hablar de una manera de cosas que yo quería hablar y ella tiene esa manera, como si yo hubiera dicho “ah, se puede hacer esto”.
— Era esto.
— Era esto. Era esto lo que yo estaba buscando, sí.

Infobae.com

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