50 años sin Witold Gombrowicz, el escritor que no abandonaba la ficción ni para hablar de su vida

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Un día como hoy pero de 1969 murió en Francia este autor polaco que residió más de dos décadas en Buenos Aires. Dejó una gran obra, ambigua, contradictoria, interesante. “En su ficción aparecen muchas cosas de su biografía y su biografía está llena de ficción”, cuenta Nicolás Hochman, escritor y especialista en Gombrowicz

Todo lo que se sabe sobre Witold Gombrowicz hay que meterlo en una bolsa de consorcio, cerrarla con un nudo y tirarla a la basura. “Gombrowicz miente. Todo el tiempo miente. No tiene mucho sentido confiar en todo lo que dice”, escribe Nicolás Hochman en Incomodar con estilo. El exilio de Gombrowicz en Argentina, el libro ensayístico que publicó el año pasado sobre la vida de este delirante autor polaco que llegó a la Argentina en 1939 y se quedó aquí, en Buenos Aires, a esperar que pasara la Segunda Guerra, que los alemanes se fueran de su Polonia natal. Esa espera duró 24 años y en 1963 finalmente volvió a Europa, se instaló en la ciudad francesa de Vence, a unos pocos kilómetros de Niza. Y ahí murió, un día como hoy —24 de julio de 1969—, hace exactamente cincuenta años.

Pero durante toda su vida, en esos intensos 65 años que ocurrieron antes de su muerte, Gombrowicz se dedicó a mentir. No con la compulsión patológica de un mitómano, sino con la minuciosidad de un artesano del engaño. ¿Acaso no es esa la materia de un escritor? “Gombrowicz miente cuando escribe el diario, cuando escribe teatro y novelas. Miente cuando escribe cartas, cuando habla con amigos, cuando se presenta en público. Esa mentira lo constituye y también lo hace ser el ser humano que es”, le dice a Infobae Cultura, del otro lado del teléfono, Nicolás Hochman, uno de los grandes especialistas de este autor polaco y también director del Congreso Gombrowicz, que en un par de días inicia su segunda edición. “Son ficciones narrativas que hace sobre sí mismo”, explica después.

“Incomodar con estilo” (DR) de Nicolás Hochman

“Incomodar con estilo” (DR) de Nicolás Hochman

Cada vez que Witold Gombrowicz sale a cubierta a fumar un cigarrillo y mira hacia el horizonte, siente incertidumbre, pero también mucha adrenalina. Enciende el tabaco con sumo cuidado —el viento en el Océano Atlántico apaga cualquier cosa—, apoya sus codos en la baranda del barco y observa esa línea difusa que divide el mar del cielo. Allá adelante, al fondo, lo espera Buenos Aires. Puede pasarse horas mirando ese punto lejano. Estamos a fines de agosto. Año 1939. Son varios días de viaje. Mientras el barco cruza el planeta y deja atrás Europa, estalla la Segunda Guerra Mundial y los nazis invaden Polonia. Se entera al pisar suelo argentino y esa adrenalina empieza a transformarse en tristeza. Ya no puede regresar. Debe quedarse aquí. Ahora le toca sobrevivir.

Esa es la historia que todos conocemos. Hay travesía, hay desamparo, hay literatura. Pero es mentira; una mentira a medias. La guerra estalló cuando él ya estaba en Argentina. Había llegado unos días atrás. El barco que debía devolverlo a Polonia zarpa y él decide quedarse. Se sube, lleva sus valijas a cuestas, pero en un momento dice: no. Entonces se baja. Una decisión caprichosa, tal vez, pero lo cierto es que varios días después, cuando esa nave de hierro desembarca en las costas europeas, las fuerzas del Eje y los Aliados ya están disparándose, matando, bailando la danza mortífera de la guerra.

Gombrowicz escribió siempre. Tenía la rara costumbre del diario personal. Esos textos fueron publicados, leídos y festejados. Pero también escribió Kronos, un diario de publicación póstuma que aún no ha sido traducido al español pero que pronto sus lectores de este lado del Atlántico podrán disfrutar. “Me parece súper interesante pensar el cruce de los dos diarios. El oficial y Kronos. Para el investigador que se obsesiona con saber la verdad es muy difícil encontrar dónde empieza y dónde termina el Gombrowicz personaje y el Gombrowicz persona. Él mismo se ocupó de no dejar claro ese límite”, explica Hochman. ¿Cómo pensar, entonces, la división entre vida y obra? “En su ficción aparecen muchas cosas de su biografía y su biografía está llena de ficción”, comenta y la respuesta es imposible.

Todos los Gombrowicz

Todos los Gombrowicz

Llegó a la Argentina invitado por una embajada de escritores polacos que residía aquí, donde la generación anterior a la suya plantó bandera: en 1897 llegaron los primeros inmigrantes polacos, unas 120 personas provenientes de Galitzia. Y así fueron llegando más y más. Uno de ellos, aunque en soledad, fue Gombrowicz. Decidió quedarse. Pasaron los días, las ayudas se evaporan y, sin trabajo ni ingresos económicos, la desesperación empezó a mostrarle los dientes. Pero en este país sudamericano los polacos ya eran una comunidad entonces se movieron algunas fichas y consiguió un puesto en la sucursal argentina del Banco Polaco. Sobrevivir, de eso se trataba.

En Polonia, antes de subirse al barco que lo dejó en la Argentina, Gombrowicz estaba logrando cierta repercusión literaria. Su familia pertenecía a la nobleza, lo cual le posibilitó estudiar Derecho en la Universidad de Varsovia. Algo lo llevó a cultivar el arte de la bohemia —¿y la artesanía del engaño?— en los cafés Zodiak y Ziemiańska junto a artistas e intelectuales. En ese momento se lanzó a escribir. En 1933, publicó Memorias del período de la inmadurez —reeditado con tres cuentos más como Bacacay— y cuatro años después, en 1937, su primer éxito: la novela Ferdydurke, una crítica ruidosa al nacionalismo varsoviano.

Ahora, en Buenos Aires, plena década infame, Witold Gombrowicz se levanta temprano, se pone el traje, la corbata y se mete en el banco. Cuando sus jefes salen o cuando la cantidad de trabajo merma un poco, ejecuta su gran pasión, su necesidad estética, artística y política, el lenguaje con el cual desafía al mundo: la literatura. Así, oculto, refugiado, de trampa, robándole ratos al sistema financiero internacional, escribe la novela Transatlántico. Pero, ¿y si no fue escrita en ese contexto? ¿Y si todo es un gran relato ficcional que él mismo construyó para que su vida se disloque de esa capa de realidad que lo aprisiona? ¿Y si todo esto es literatura? Pues mejor, que lo sea.

Nicolás Hochman

Nicolás Hochman

“Lo que me pasa con Gombrowicz —confiesa Hochman— es que más profundizó, menos sé. Debe pasar con cualquier producto cultural que uno investiga. Pero a lo que uno leyó y sabe de él, lo complejiza la publicación de Kronos, su diario inédito. Todavía está inédito en español. Se empezó a producir, pero todavía no está publicado. Es un libro difícil porque si lo agarra un lector que no conoce bien a Gombrowicz probablemente lo desoriente. Más que un diario parece una agenda con muchas oraciones unimembres. Hay una historia de vida, una biografía paralela a la que siempre contó. Terminás encontrando un personaje que es verdaderamente profundo, contradictorio, por momentos desagradable, muy humano y súper interesante”.

La conversación con Nicolás Hochman —docente, gestor cultural, 37 años, Doctor en Ciencias Sociales y autor de la novela Los Casquivanos— se ubica en un hueco de su agenda. Por estos días está en plena organización del Segundo Congreso Gombrowicz, un evento extenso y multitudinario del ambiente literario argentino. “¿Que cómo me preparo? Con miedo”, dice y lanza una breve carcajada del otro lado del teléfono. “Con miedo pero también con mucho entusiasmo y con muchas ganas. Es un mes de evento. Arranca el primero de agosto con un ciclo de cine en el Malba y termina el último jueves de agosto. Tenemos más de treinta actividades diferentes en las que participan más de 200 personas”, completa.

El prólogo de su libro sobre Gombrowicz fue escrito por Martín Kohan. “Lo impropio fue en Gombrowicz lo más propio: se esmeró en no encajar a lo largo de toda su vida”, escribió el crítico literario. Ahí hay una clave: no querer encajar nunca. Por eso la mentira, por eso la ficción. No para encajar, sino para desencajarse él y desencajarnos a todos nosotros. “Para mí es un autor absolutamente actual, por un montón de motivos, pero sintetizando: es un autor que provoca, que molesta, que incomoda, que moviliza. Leerlo no es necesariamente una experiencia placentera, pero sí transformadora. Es difícil terminar un libro y quedar indemne”, comenta Hochman.

Gombrowicz y Rita Labrosse

Gombrowicz y Rita Labrosse

Un día como hoy, pero cincuenta años atrás, en la ciudad francesa de Vence, sopla un viento cálido. Veintitantos grados vuelven a este clima algo agradable. Witold Gombrowicz tiene 65 años. En once días cumpliría 70, pero parece que ya es demasiado. Vive junto a su esposa, la traductora canadiense Rita Labrosse. Pero lo acecha el peor de los fantasmas: la depresión. “Cuando él se volvió a Europa después de 24 años de estar en Argentina se deprimió mucho. Jugaba todo el tiempo con el suicidio. Por carta, les pedía a sus amigos que le enviaran veneno. Europa fue la muerte para él, fue su tumba”, cuenta Hochman.

Su salud no era mala; era directamente una calamidad. “Tenía asma, problemas cardíacos. En Kronos pasa a ser obscena la cuestión de su salud. Hace una descripción muy minuciosa de todas sus enfermedades: las conocidas y las otras. Gombrowicz tenía sífilis, gonorrea, problemas en el miocardio, asma. Se la pasaba yendo al médico”. Entonces, finalmente, la muerte. Sin embargo, antes, durante esos intensos 65 años de vida, se encargó de crear un mito. No, es algo más que un mito. Incluso más que una delirante y verosímil mentira. Gombrowicz se dedicó a hacer literatura.

Infobae.com

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