Era en abril: un mes de sobresaltos económicos en la historia argentina

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Por la elevada inflación, Argentina imprimió billetes de un millón de pesos en 1981, los de más alta denominación del mundo.

La letra del tema del rock nacional de los ochenta a la que hace referencia el título, pertenece a Jorge Fandermole y la desgarrada interpretación, a Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré. “Era en Abril” forma parte del disco “Tiempos Difíciles” (tercera canción del lado “A” en el vinilo) y se refiere a una tragedia: la muerte de su hijo.

En un abril, sucedieron tragedias tanto en la Argentina como en el mundo (desde la Guerra de Malvinas hasta la masacre de Ruanda). También en un abril, se anunciaron planes económicos cuyos efectos (inmediatos y mediatos) introdujeron severos y permanentes ruidos al armado de las políticas económicas futuras.

En abril de 1976, aparece la primera de las experiencias. En el recuerdo, surge la figura del famoso funcionario a cargo de la cartera económica del régimen militar (convocado a conducir el Ministerio cuando, casualmente, se encontraba en uno de sus frecuentes safaris por África). Frente a las cámaras de los canales oficiales, con gesto adusto e inculcados modales (y enfocando su gélida mirada en la familia de clase media reunida frente al televisor), explicaba la delicada situación económica que estaba heredando y, al mismo tiempo, presentaba los elegantes elementos de su programa económico de “Recuperación, Saneamiento y Expansión” que, supuestamente, devolvería la calma y la seguridad económica al país.

José Alfredo Martínez de Hoz fue ministro de Economía entre 1976 y 1981. (NA)

José Alfredo Martínez de Hoz fue ministro de Economía entre 1976 y 1981. (NA)

Posiblemente, pocos recordarán (y comprenderán) el funcionamiento del modelo y sus resultados. Sin intervención estatal alguna, el mercado debía asignar libremente los bienes y servicios disponibles a partir de la asistencia financiera del Fondo MonetarioInternacional (FMI). Se suponía que la solución definitiva sobrevendría cumpliendo la consigna de achicar el Estado (para agrandar la Nación). Como si se tratara de un calco de la actualidad, la clase media de ese momento también repetía y presumía porque creía conocer la naturaleza de estos conceptos. Ya a principios de los ochenta, el profesor Adolfo Canitrot sentenciaba que el modelo anunciado en abril de 1976 “dio por terminada la industrialización como objetivo de la política económica (Canitrot, 1981)”. Salía así a la luz su “matrix”. Todo consistía en movidas especulativas, “inspiradas” por elevadas tasas de interés y un atraso cambiario que no sólo “apaleaban” a la economía real sino que, además, contribuía a la construcción de personajes tales como el del financista Arteche de la película “Plata dulce” (interpretado magistralmente por Gianni Lunadei), aquel que, con frecuencia, avasallaba al constructor de botiquines, Carlos Teodoro Bonifatti (Federico Luppi) con frases como: “estamos en un país nuevo”, “entrando al mundo” y “no vamos a producir nada”.

 El combo de deuda más pobreza se transformó en una herencia imposible de eludir con el retorno de la  democracia

El volátil crecimiento económico (vía la flagrante desindustrialización), pasó de una tasa media anual de 3% en la década del setenta a otra de -2% en el primer lustro de los ochenta. La inflación rondó el 450% al año al cierre de esa etapa, luego se disparó hasta casi 700% en 1984 y a 3.000% en 1989. La deuda externa era “el capítulo interesante” de toda esta saga. Saltó desde cerca de USD 9.000 millones en 1975 hasta USD 45.000 millones ocho años después (de alrededor de 20% del PIB a más del 60%). Si bien la desocupación no se desbocó tanto, el ajuste provino más por el lado del salario. Literalmente, se derrumbó ya que disminuyó desde el 45% del ingreso nacional en 1975 a 25% en 1983. La distribución del ingreso contraria al salario (más a favor de los rentistas), construyó una faceta económica compleja que se consolidaría en el decenio del noventa.

El avance acelerado de la pobreza constituyó la imagen viva de la tragedia. Al comienzo de la gestión militar, 5 de cada 100 argentinos eran pobres (5% de la población total) pero, en 1983, ese porcentaje ya se multiplicaba por tres (15%) y por ocho en 1989 (40%). Es decir, en trece años (entre 1976 y 1989), la cantidad de pobres se convertía en una sorprendente tragedia social. A nivel macroeconómico, el combo (deuda más pobreza) se transformó en una herencia cuasi imposible de eludir para el primer Gobierno de la democracia.

Domingo Cavallo fue ministro de Economía entre 1991 y 1996, y luego en 2001. (NA)

Domingo Cavallo fue ministro de Economía entre 1991 y 1996, y luego en 2001. (NA)

Quince años después de esa fallida experiencia, tras los shocks hiperinflacionarios de 1989 y 1990, explicados en buena medida por los efectos nocivos de la política económica anunciada en abril de 1976, un joven economista que ya contaba con suficientes credenciales porque había sido presidente del Banco Central (BCRA) en 1982, en otro mes de abril (el de 1991), afirmaba que el “Plan de Convertibilidad del Austral” mejoraría definitivamente el bienestar económico del país. Con su grado de doctorado en Harvard, aseguraba (no literalmente) que repararía la estructura económica de la Argentina. En rigor, el modelo se asemejaba al que, en el Siglo XIX, había resguardado el orden económico mundial (ahora se lo estaba aplicando en globalización financiera). En los años cincuenta, en su libro clásico, Karl Polanyi era crítico con ese paradigma cuando sostenía que sólo se basaba en “la fe indoblegable en el mecanismo de pilotaje automático //…// el sistema que puso en peligro las organizaciones de la producción (Polanyi, 1992)”.

 En abril se anunciaron planes cuyos efectos afectaron el armado de las políticas económicas futuras

En 1991, la libre convertibilidad de la moneda aparecía como un “edén en todo ese desierto” macroeconómico. Indudablemente, el programa “achataba” las expectativas de inflación y devaluación. Ingresaban divisas (más por deuda) y la economía crecía. La apertura económica proponía competencia, aunque, luego, numerosas empresas cerraron o pasaron a manos de capital extranjero). En lo monetario/cambiario, el BCRA (con funciones de caja de conversión) emitía un peso por cada dólar que entraba; o sea, se creaba dinero interno respaldado (y viceversa si salía). La información brindada al mercado era clara porque, en esencia, todo era mecánico (de piloto automático, como decía Polanyi). La política monetaria del BCRA estaba impedida de asistir a través del sistema bancario, por ejemplo, a las PyMES, si no ingresaban dólares de respaldo. La caja de conversión no podía ser intervenida porque, si se lo hiciera, la confianza se desmoronaría y, de inmediato, aparecerían estampidas cambiarias. Los déficit externos (producto del tipo de cambio atrasado y el crecimiento económico superior al 4% anual en la década) y los desajustes fiscales finales llevaron a un endeudamiento que, inexorablemente, condujo al colapso.

Las crisis internacionales de los noventa expusieron la endeble situación financiera del país (la globalización financiera hizo una mala jugada). La deuda externa pasó desde menos de 40% del PIB en 1991 hasta más de 140% en 2001: no alcanzaba el Producto de un año para cancelar los compromisos en moneda extranjera. No hubo inflación en la década de la caja de conversión; sí, en cambio, una desocupación que despegó aceleradamente desde el 6% de la población económicamente activa (PEA) en 1991 hasta el 25% en 2002. En aquel año, al comienzo del Siglo XXI, más del 50% de la población argentina era pobre. En ese momento, podría decirse que se completó un ciclo histórico en el que la hiperinflación y la “hiper-desocupación” generaron una “hiper-pobreza”. Una tragedia gestada en abril.

Infobae.com

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