El estigma pesa tanto como los kilos

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Epidemia mundial en franco crecimiento, la mirada de la sociedad y del equipo de salud sobre las personas con obesidad conspira contra los tratamientos. En un congreso internacional se recalcó la importancia de reconocerla como una enfermedad crónica. Hay que dejar de responsabilizar a quienes viven con ella.

Estados Unidos es la cuna de la obesidad como enfermedad crónica, una auténtica pandemia que se extiende en el mundo entero sin promesas concretas de solución.

Es que en ese país todo es enorme: la ropa, los autos, los shoppings, las personas y también las porciones de comida, de alto contenido calórico, que duplican lo que entre nosotros se considera, todavía, un bocado razonable.

Aquí, en una típica ciudad del centro sureste estadounidense donde a toda hora suena alguna banda de música country en vivo, se realizó la Obesity Week, una importante reunión científica sobre obesidad.

Poco a poco gana espacio entre los expertos la problemática del estigma, el prejuicio y la discriminación hacia las personas obesas. Es que esa mirada tan negativa sobre quienes tienen kilos de más hace que el 82 por ciento de ellos se sientan “responsables” o “culpables” de su problema, según demuestra el Action IO (Awareness, Care & Treatment in Obesity), una investigación realizada en 11 países (que no incluyó a la Argentina) sobre 14.500 pacientes con obesidad y 2.800 profesionales de la salud, centrado en el análisis de la percepción de las barreras que afectan su tratamiento.

Olivia Cavalcanti, directora de Sistemas de Salud y Educación Profesional de la Federación Mundial de Obesidad, asegura: “La obesidad no es un elección. Es una enfermedad, como el cáncer. Y es muy simplista decir que ocurre por comer de más y no ejercitarse lo suficiente. Intervienen muchas otras variables, la psicología y las actividades individuales, la biología, el consumo y la producción de alimentos, las influencias sociales.” La experta añadió que la mirada que alientan los medios sobre las personas obesas contribuye al estigma: se los muestra sin identidad, con el rostro a medias o una expresión desagradable, siempre es más importante la comida que la persona, que aparece asociada al sedentarismo, excluida de los grupos, comiendo comidas poco saludables. “Es una imagen miserable y esto debe cambiar”, aseguró.

Cavalcanti, que es brasileña, señaló que la industria tiene parte de la responsabilidad en la creciente epidemia de obesidad que azota al mundo. “En las favelas de Brasil, por ejemplo, se venden algunos alimentos obesogénicos más baratos pero de peor calidad, que en otros ámbitos no se ubicarían. La barrera número uno que conspira contra un abordaje adecuado es que ni los gobiernos ni las sociedades la consideren lo que es: una enfermedad”. Ada Cuevas, médica chilena especialista en nutrición, que también integra la Federación Mundial de Obesidad, explicó que en su país es alta la proporción de personas con obesidad pero que los médicos de atención primaria pero no la diagnostican. “Falta training en las carreras de medicina, faltan políticas oficiales, como por ejemplo el etiquetado de productos”, añadió.

Metas irreales y promesas incumplidas

Entre las barreras que explican el fracaso de la mayoría de los tratamientos, Cuevas menciona el stress, el exceso de horas de trabajo, los estados de ansiedad, el alto precio de las comidas más sanas, la falta de tiempo o de espacios seguros para ejercitarse y la carencia de reembolso de los tratamientos.

Por otra parte, muchos médicos pretenden de sus pacientes un descenso de peso mayor al que se puede alcanzar, que es entre un 5 y 10 por ciento, un porcentaje sin embargo suficiente para reducir la presión arterial, la dislipidemia (alto colesterol), el riesgo de diabetes y las muertes por causa cardiovascular.

La obesidad, por otra parte, deja secuelas psicológicas importantes: depresión, soledad, aislamiento, sentimientos de culpa y vergüenza, dificultades en el trabajo y un empeoramiento de la salud en general.

“Las terapéuticas convencionales fallan y no hay demasiada ayuda, por eso las personas sufren solas y no buscan tratamiento”, reconoce Flavia Christina Ladwig Robles, integrante del Disease Experience Expert Panel (panel de pacientes que viven con distintas enfermedades) del laboratorio Novo Nordisk, sponsor del ACTION IO Study.

Ladwig Robles llegó a pesar más de 100 kg y hace 11 años se le realizó una cirugía bariátrica (para bajar de peso). Estas intervenciones, explica Sean Wharton, director médico de una importante clínica especializada en obesidad de Ontario, Canadá, son actualmente el tratamiento más exitoso para bajar de peso y sostener el logro, tanto por causas fisiológicas como también porque las personas que se operan deben adaptarse a importantes cambios conductuales post cirugía.

Sin embargo, estas intervenciones sólo alcanzan a un pequeño porcentaje de pacientes, no más del 3 por ciento, ya que se aplica casos en seleccionados entre quienes el exceso de peso es muy importante o es menor pero hay otras enfermedades. Por ejemplo, diabetes. La mayoría de las preguntas que intentan explicar la biología y la genética de la obesidad están sin responder. Se conocen distintos caminos involucrados en los complejos circuitos cerebrales y hormonales que regulan el apetito, la saciedad, la recompensa.

Se sabe, por ejemplo, que apenas una minoría de personas logra mantener el peso perdido luego de un período de 3 o 4 años. Es que restringir calorías aumenta el apetito pero disminuye el gasto de energía y las hormonas que regulan el hambre y la saciedad. “Todo lo que hace el organismo humano para perder peso no es natural”, advierte Wharton. Pero los últimos avances en la comprensión de los mecanismos que explican el problema han dado origen a medicaciones que reducen la ingesta de energía, aumentan la saciedad, disminuyen el apetito o reducen la absorción de las calorías. Si con la medicación se logra hasta un 30 por ciento de descenso del peso e reduciría la brecha entre el cambio de estilo de vida y las cirugías bariátricas, que son los tratamientos actuales de la obesidad”. En nuestro país fue aprobado recientemente el liraglutida, un producto inyectable que se aplica diariamente mediante una lapicera prellenada y que mostró que, junto con cambios en el estilo de vida, puede reducir hasta un 15 por ciento del peso corporal inicial al año. Este medicamento actúa sobre los centros cerebrales que regulan el hambre y la saciedad y es una de las dos terapias aprobadas en la Argentina. El otro es el Orlistat, que reduce la absorción de grasas, para bajar de peso.

Un indicador a tener en cuenta es el Indice de Masa Corporal (IMC) que comenzó a usarse hace 180 años y muchos lo cuestionan. Sin embargo, hasta ahora es el criterio utilizado para clasificar la obesidad. La fórmula para obtenerlo es dividir el peso en kg por el cuadrado de la altura en metros (peso en kg/ estatura en m2). Por ejemplo, una persona de 60 kg que mide 1,60 tiene un IMC de 23,4, es decir, peso normal. Pero alguien de 1,60 con 80 kg es obeso tipo 1 (IMC, 31,2). Si mide 1,60 y pesa 120 kg tiene obesidad mórbida: IMC de casi 47.

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