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Las vidas que no valen: asesinaron a dos policías en 24 horas

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Lourdes Espíndola, una de las policías asesinadas, junto a Fernando, su pareja

Se trata de las agentes Lourdes Espíndola (25), en Ituzaingó, y Tamara Ramírez (26), en Almirante Brown.

La crónica de un sábado trágico

El primer asesinato ocurrió por la madrugada. Tamara Ramírez recibió un disparo mortal en la cabeza. El atacante fue un joven de 18 años que tenía pedido de captura por un abuso sexual. Había ingresado en la vivienda de la víctima, ubicada en la localidad bonaerense de Glew, aparentemente con intenciones de robo.

Tamara Ramírez y Mariano Albornoz

En la casa residía una familia de policías: la joven asesinada se encontraba con su pareja, Mariano Albornoz (24), ambos miembros la fuerza local de Almirante Brown, y con su padre, el teniente primero de la policía bonaerense, Serafín Ramírez.

Según versiones, se había producido un forcejeo en el comedor entre Serafín Ramírez y el intruso. Al escuchar los ruidos, la pareja habría bajado de la habitación, y ante esa situación Vargas comenzó a efectuar una serie de disparos. Uno hirió a Albornoz en la pierna izquierda, otro mató en el acto a Tamara.

Antes de huir, el atacante pudo robar las armas reglamentarias de la víctima y de su padre, aunque dejó en la vivienda el arma homicida, un revólver calibre 32 corto. Albornoz fue trasladado al Hospital Lucio Menéndez de Adrogué, y se encuentra fuera de peligro.

Tras el crimen, la Policía comenzó a rastrillar la zona y pudo dar con el homicida, quien se encontraba escondido en una casa cercana, a la que ingresó a través de amenazas a su propietario.

Una vez efectuada la detención, la policía corroboró el pedido de captura por un abuso sexual ocurrido en la localidad de Dock Sud, partido de Avellaneda.

“Este sujeto tenía que estar detrás de las rejas, como muchos otros que delinquen, son apresados y al poco tiempo vuelven a la calle. Es un criminal que asesinó a una servidora pública y su pena en la cárcel debería ser de por vida. Entró en una vivienda familiar, disparó a mansalva con un desprecio total hacia la vida. Su condena debe ser ejemplar. Nosotros llevamos adelante una lucha constante contra el narcotráfico porque sabemos que la violencia en la que vivimos es culpa de la droga. La droga es el enemigo, mata y hace matar”, afirmaron con impotencia fuentes del ministerio de Seguridad bonaerense.

El segundo homicidio fue el de la oficial Lourdes Espíndola, miembro del Comando de Patrullas de Moreno. Fue baleada en la estación peaje Quintana, en la localidad de Ituzaingó. Acababa de terminar su turno y se dirigía a buscar a su hijo de seis años, para luego regresar a su hogar. Pero no llegó, mientras esperaba el colectivo dos asaltantes le dispararon para robarle su arma reglamentaria.

Lourdes Espíndola

Los individuos se bajaron de un auto y no intentaron reducirla, le dispararon con encono. Desde el ministerio de Seguridad bonaerense informaron que ella continuaba vistiendo el chaleco antibalas, pero el impacto se produjo por encima de la protección: entró por el esternón y afectó el pulmón izquierdo y la arteria carótida.

Los atacantes escaparon con el arma de Espíndola y la dejaron malherida. Antes de desvanecerse logró llamar a su pareja, Fernando Altamirano, quien también es policía.

Después del trágico audio que recibió, Altamirano se comunicó con la oficial que había relevado a Lourdes. Ésta, junto a un efectivo de la Policía Federal, la trasladaron al Hospital Brandsen de Ituzaingó.

Por la gravedad de sus heridas, la oficial fue trasladada de inmediato hasta el Hospital Posadas, donde fue intervenida quirúrgicamente. Lamentablemente, el cuadro no mejoró y terminó con muerte cerebral. Su familia decidió donar sus órganos.

“Vivíamos con el adicional, teníamos sueños para hacer nuestro dúplex, porque no queríamos esperar a que nos den un tiro. No se puede vivir más en este país. Ya no quiero ser policía. Tengo dos hijos que son el amor de mi vida y no voy a permitir que se queden sin papá”, dijo ante las cámaras Altamirano, completamente quebrado, cuando salía del hospital Posadas.

La policía indefensa entre la sociedad, la Justicia y la delincuencia

Los hechos trágicos del fin de semana invitan, casi obligan, a una reflexión sobre el lugar que la sociedad le está dando a las fuerzas de seguridad.

Es imposible no recordar el caso del policía local de Avellaneda, Luis Chocobar, quien fue procesado por perseguir y matar a un joven que había atacado a puñaladas a un turista.

La Justicia inmediatamente había dispuesto la prisión preventiva para Chocobar, a pesar de que no se dio a la fuga y se quedó auxiliando al herido, quien finalmente logró sobrevivir. Meses después, la Cámara del Crimen consideró que el policía había cometido un exceso en el cumplimiento del deber y que no hubo legítima defensa.

En su momento, la propia ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, había salido a respaldar a Chocobar y a ratificar que éste actuó de acuerdo a manuales y protocolos internacionales.

“Cada vez que hay una persona con cuchillo, el policía no debe acercarse nunca a menos de seis metros. Es una doctrina internacional, ratificada por todos”, había explicado la ministra al periodista Ernesto Tenembaum, de Radio Con Vos.

“Esta doctrina policial la hemos enseñado el año pasado en las escuelas policiales del país. Esto lo digo porque a partir de un video mal editado y recortado, se analiza algo que es absolutamente poco profesional. No entienden que Chocobar estaba en la persecución de un delito que seguía, que existía, que estaba infraganti”, había declarado en el mes de febrero de este año.

Por lo tanto, la Justicia actuó con absoluta contundencia y celeridad en contra del policía local, por algo que le enseñaron a hacer durante su entrenamiento. Chocobar estaba ante un presunto homicidio (el turista había recibido diez puñaladas en el tórax), no se estaba defendiendo, persiguió al atacante, en el marco de un delito en curso, y no se acercó porque había comprobada la presencia de un arma blanca.

Sin embargo, la condena judicial y social pesó en contra del policía. Y el caso, que continúa en curso, pronto cayó en el olvido.

En este marco de tanta estigmatización y demonización, el policía siempre es culpable. Nadie marcha por él cuando muere, ni cuando lo encarcelan por hacer lo que se le enseñó. Nadie sale a exigir más capacitación y mejores condiciones laborales para él. Y si las partidas presupuestarias aumentan, gran parte de la población exige que la plata se destine a otros frentes. Se le da un arma y se lo pone en las esquinas más peligrosas, pero con las manos atadas.

El cambio de doctrina para revertir la situación es contradicho en las cortes del país. Las reformas que incluyen a las fuerzas armadas y de seguridad son atacados inmediatamente.

Cuando un policía mata o hiere a un delincuente todos hablan de la humilde situación de éste, hablan de que era un “chico bueno”, de que se había inclinado hacia la vida delictiva víctima de las necesidades y del flagelo de las drogas.

Pero si se profundiza en las historias de los policías asesinados -o de aquellos que por alguna causa llegan a las noticias-, en general pueden encontrarse las mismas historias: personas de origen humilde, que hacen esfuerzos para llegar a fin de mes, que completan sus economías con adicionales -extras pagados por organismos públicos, empresas o instituciones que soliciten servicios de seguridad- o teniendo segundos trabajos. Víctimas de las mismas necesidades, optaron por volcarse al trabajo, y a una profesión que se revela cada día más ingrata.

Los gobiernos que intentan dignificar el rol de las fuerzas armadas y de seguridad, inmediatamente son apuntados por intentar reprimir a la protesta social. Y aparecen manifestaciones multitudinarias en contra del “Estado de derecha”, de las “FFAA represivas”, del “gatillo fácil”, o de la “maldita policía, yuta puta”, entre otros slogans que ponen a todos los casos en la misma bolsa, sin distinción alguna. ¿Es el sentir de la mayoría de la población? Pobablemente no, pero las voces a favor nunca son demasiado altas.

Para el Policía no hay Derechos Humanos, porque se supone que es, por antonomasia, el encargado de cercenalos. Contra él la Justicia siempre actúa rápido y nadie saldrá a defenderlo, porque, de alguna manera, nadie se va a identificarse con él.

En esta situación ¿Qué policía va arriesgarse a sacar su arma para defenderse o defender a otros, y terminar sin trabajo y en prisión? El resultado está a la vista, la nueva modalidad es robar armas reglamentarias y escapar dando balazos. Los crímenes tal vez queden impunes.

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