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Las despedidas permiten crear un lugar

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Acumular a gente con la que ya no tenemos un contacto real en nuestras vidas nos agota y colapsa nuestras redes afectivas. Debemos despedirnos de verdad.

Ya no nos despedimos. Antes de que las redes sociales y la tecnología transformaran nuestras vidas solíamos despedirnos de las personas que nos encontrábamos en el camino de la vida.

Nos decíamos adiós, nos echábamos de menos, nos escribíamos cartas o nos llamábamos por teléfono de vez en cuando. Ahora las despedidas ya casi no tienen sentido: aunque nos vayamos lejos o nos dejen físicamente, seguimos permanentemente conectados a esas otras personas por el WhatsApp, el Facebook, Skype, el correo electrónico u otras redes sociales. En el mismo instante en que pensamos en alguien o extrañamos su presencia podemos enviarle un mensaje que seguramente recibirá instantáneamente, llamarle, o grabarle un video…

Hasta ahí todo bien, aparentemente. Ya no tenemos que extrañar tantísimo a nuestras personas más queridas cuando están lejos, las tecnologías alivian la distancia.

Pero ¿qué sucede cuando no dejamos salir a la gente de nuestras vidas? Que llega un momento en que es imposible cumplir la expectativa de mantener el contacto. Nuestra lista de contactos cada vez es mayor. La gente con la que establecemos relaciones de trabajo o amistad se va multiplicando, seguramente hasta el infinito de no ser porque somos mortales.

¿Pagamos algún precio? Personalmente me resulta bastante difícil de gestionar este volumen creciente de gente con la que he compartido preciosos momentos a lo largo de mi vida y con la que, precisamente por el cariño, creamos cierta expectativa de mantener contacto y cuidados mutuos, o de dedicarnos al menos algún tiempo de co-escucha y “puesta al día”.

¿Es posible decir que tenemos demasiadas amigas o conocidas? La palabra “demasiado” para referirse al cariño no parece ser la adecuada, ¿verdad? Y sin embargo a mí sinceramente a veces el esfuerzo por responder a tanta gente que aprecio me deja extenuada. Es simple y llanamente agotador. Imposible, no hay manera.

Me siento mal de no atender a la gente que quiero como quiero, de no estar presente…Y ¡me parece que no soy la única! Es un tema recurrente con mis amigas íntimas: parece que ya ni siquiera encontramos el momento de vernos físicamente las más cercanas…

El tema final es la energía: no es ilimitada. Se transforma, pero no se multiplica. Intentar responder a las expectativas de contacto de personas que ya no tenemos cerca en el día a día puede generarnos un estrés importante.

El tiempo que dedicamos a contestar mensajes, lleguen por donde lleguen, a hablar por teléfono o mensajería, a contar a quien esta lejos como nos va, a actualizarnos en una palabra… Nos roba una energía que luego no tendremos para profundizar en la relación con nuestros seres queridos más cercanos.

Así las relaciones se van despojando de profundidad, lógicamente. Con la gente que está lejos nos contamos las cosas telegráficamente por mensajería, cuando vemos físicamente a la gente querida parece que ya no tengamos casi nada que contar, o peor aún, nos encontramos y al poco de vernos ya estamos mirando el móvil nuevamente.

Y es que las despedidas también permiten crear un lugar, un espacio para lo nuevo y bueno que está por llegar. Igual ha llegado el momento de hacer una poda en nuestros contactos, por muy frívolo que dicho así suene.

De despedirnos de verdad, aceptando lo que conlleva la despedida, sin alimentar falsas expectativas de cercanía o apoyo en la distancia. De seguir nuestro camino en la vida con los que tenemos más cerca, con los que más fácil es coincidir en persona. De cuidar los preciosos vínculos cotidianos, dejando los virtuales o distantes para cuando la vida nos vuelva a cruzar, si es que sucede.

De decirnos adiós con cariño y sinceridad.

http://www.mentesana.es/

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