Inicio Mundo Abu Bakr al Bagdadi, el autroproclamado califa al que llamaban “Maradona”

Abu Bakr al Bagdadi, el autroproclamado califa al que llamaban “Maradona”

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El líder máximo del ISIS se la pasaba viendo fútbol por televisión, e incluso jugando picados, cuando estuvo arrestado en una prisión militar norteamericana en Irak poco después de la invasión de 2003.

El yihadismo siempre ha tenido una relación complicada con los deportes y en especial con el fútbol, que es central en la vida de muchos pueblos musulmanes, especialmente los árabes. La pelota ha sido maldecida en los sitios que el extremismo ultraislámico controla. Pero la cuestión es ambigua. El líder del ISIS, Abu Bakr al Baghdadi (o Bagdadi) el Samarrai era llamado “Maradona” cuando estuvo arrestado en una prisión militar norteamericana en Irak poco después de la invasión de 2003. Era porque se la pasaba viendo fútbol por televisión, e incluso jugando picados. Estos fundamentalistas sostienen, sin embargo, que el deporte y la música son satánicos porque alejan a los fieles de sus responsabilidades de fe. No solo los terroristas como este personaje.

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Principales fechas del líder del ISIS, Abu Bakr al Bagdadi – AFP

El partido Al Nur (la luz), una formación política fanática que ganó algún espacio regional en el norte de Egipto en las primeras elecciones democráticas tras la caída de la dictadura de Hosni Mubarak en 2011, lo primero que hizo fue prohibirlo junto a la enseñanza de la música. Para las formaciones yihadistas violentas, no había dudas, tampoco, en ese camino, aunque hoy eso está cambiando debido más bien a las urgencias de la etapa. Han descubierto que en las canchas pueden reclutar más que en los templos.

Sucede que el fútbol es mucho más que un deporte en esas fronteras. Además de una profunda pasión, constituye un vehículo político que cubre la ausencia de otras alternativas. “Una guerra sin tiroteos”, como lo definió George Orwell pero a un nivel deslumbrante. Quien quiera que ande por esas fronteras le conviene antes enterarse al detalle de las novedades futbolísticas. Como ha comprobado este cronista, un comentario oportuno en el momento adecuado, abre puertas e incluso vence los más fieros retenes militares para poder continuar el camino. Pero hay más en estas esencialidades.

La pelota y sus muchos fines

En Egipto, por tomar un ejemplo rotundo, las hinchadas de cada equipo tienen una definida afiliación partidaria o movimientista y la manifiestan en sus furiosas consignas desde las tribunas. Cualquier observador atento podría haber anticipado el levantamiento de la Primavera Árabe de 2011 escuchando desde mucho tiempo antes los cánticos en los estadios. Cuando la revolución finalmente estalló en enero, desde los tablones, durante los partidos, se enfrentaban los oficialistas pro dictadura con los republicanos demócratas, a veces también en la calle o en la propia cancha.

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La pelota sirve para muchas otros fines. En Arabia Saudita, un reino de línea islámica wahabita, una de las variantes más estrictas del islam sunnita que recorta hasta la asfixia el lugar de la mujer, poco se sabe que hay clubes clandestinos femeninos de fútbol. Es la forma de protesta y tenue rebeldía que han encontrado quienes no aceptan esas reglas oscurantistas. También en Irán, donde la ortodoxia shiíta para el control público no difiere tanto de las otras alternativas de esta religión, las mujeres protagonizan un raro movimiento de protesta disfrazándose de hombres para poder ingresar a los estadios de fútbol, donde su presencia está prohibida. El acosado feminismo en el país persa ha convertido en un popular lema libertario el “déjenlas-entrar” que vocifera la tribuna como un lema de batalla por una modernidad todavía negada.

Es tal el fervor de estos pueblos por el fútbol que en Libia, el dictador Muammar Khadafi, derrocado y asesinado en 2011 tras 42 años de tiranía, había ordenado a los relatores que no debían identificar a los jugadores por el nombre durante los encuentros. Sólo se permitía citarlos por el número de la camiseta, de ese modo la fama del futbolista no competiría en el ánimo del pueblo con la del déspota.

En otros escenarios las cosas fueron aún mucho más salvajes. En Afganistán, los talibán del Mullah Omar, expulsado del poder por la invasión norteamericana de 2001, no sólo prohibieron los deportes y la música, también el teatro, el cine, la televisión, las radios, la escultura o la pintura, consideradas todas herejías contra el profeta.

Organizaciones terroristas como el ISIS llevaron a iguales extremos el control social de las poblaciones que caían bajo su bota. En el Califato que creó esa banda hace poco más de dos años entre Irak y Siria, con control sobre alrededor de siete millones de almas, cualquier manifestación deportiva se ha venido pagando con prisión o la muerte.

Pero, como se ha dicho, ese comportamiento ha comenzado a cambiar, no debido a un relajamiento del fanatismo, sino por el peso de las circunstancias que hace menos hereje a la necesidad. El veterano periodista norteamericano y especialista en Oriente Medio, James Dorsey, autor de un libro muy citado, The Turbulent World of Middle East Soccer (Oxford University), advierte que los yihadistas se han visto obligados a flexibilizar esos límites. Las mezquitas están mucho más controladas que antes debido a la guerra sanguinaria que han lanzado, y no es tan sencillo hoy, especialmente en el ocaso de esa y otras bandas, captar en los templos a futuros soldados para sus filas. De modo que volvieron a habilitar pequeños torneos de fútbol como atractivo inevitable para los jóvenes y convertirlos en semillero de futuros yihadistas.

El autor cita a un tal Abu Otaiba, nombre de guerra de un autodenominado imán ligado al ISIS que opera en Jordania. En un reportaje que le hizo The Wall Street Journal, este individuo admite que usa el fútbol como un atractivo para ganar voluntades para su causa apocalíptica. “Los convocamos en sus casas. Les hablamos y organizamos juegos de fútbol, así estamos más cerca de ellos”, declaró. “Las mezquitas están infiltradas con agentes de inteligencia”, resume con su magro realismo.

Osama bin LadeOsama bin Laden, un fanático del fútbol.

No es un camino difícil para ese liderazgo mesiánico. Ya lo han recorrido y por lo tanto lo conocen. El difunto líder de la vidriosa red Al Qaeda, el saudita Osama bin Laden, era conocido por su adhesión al londinense Arsenal FC y llegó a organizar su propia mini copa mundial durante la guerra que libró con ayuda norteamericana contra los soviéticos en Afganistán, en los años 80. En su exilio en Sudán, recuerda Dorsey, Bin Laden, un millonario, tenía dos equipos que entrenaban tres veces a la semana y jugaban los viernes, después de la oración. Otra de las figuras relevantes de esos territorios violentos que tampoco dieron la espalda al fútbol, es el líder del Hezbollah, el Partido de Dios del Líbano, Hassan Nasrrallah, quien manejaba un club en ese país. Como también lo hacía en Gaza el jefe del Hamas, y ex futbolista, Ismail Haniyeh.

El dato de Baghdadi tiene especial interés debido al carácter ultrafundamentalista del personaje y al falso registro religioso que en realidad yace detrás de la narrativa de la banda terrorista. El líder del ISIS, antes de convertirse en el sanguinario califa actual, (al que Rusia cree haber dado por muerto) y con su nombre original Rashid al Baghdadi, estuvo detenido en la cárcel de Camp Bucca en Irak, controlada por los norteamericanos y que se convirtió en una auténtica escuela de fundamentalistas. Testigos de la época cuentan que durante su reclusión de entre dos y cuatro años, según datos de diferentes fuentes, no se perdía ningún partido ni se lo cuestionaba. A punto tal, relata Dorsey, que fueron los otros detenidos quienes lo apodaban “Maradona”.n y su amor por el Arsenal

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