Inicio Grales. Matías Reck: “El libro es un objeto decorativo”

Matías Reck: “El libro es un objeto decorativo”

Compartir

Matías Reck es el máximo responsable de Milena Caserola, la editorial independiente argentina con mayor cantidad de títulos publicados: 400. Fue creada por un error de ortografía (“puse cacerola con la letra s”) y ya lleva una larga década como sello alternativo y fundacional del siglo 21. En una charla agotadora a la que nunca le hará justicia esta entrevista dijo, entre otras cosas, que el mercado editorial es un negocio donde “el ego merecería un sinceramiento de autores, editores y lectores”.

Recibe en su oficina situada en cualquier lugar del Varela Varelita, bar caro a los afectos de Chacho Alvarez. Allí Reck mantiene reuniones interminables, salta de una silla a otra y ahora, sentado en la mesa principal con escalofriante sentido de la ubicuidad, hasta se llega sospechar que pueda ser el dueño del café.

El dinero y el libro tienen algo en común: los dos dan un tipo de legitimación.

Crecí con la idea de que tenía que laburar y hacer guita. En mi casa el libro no significaba una cuestión de status y valor, pero yo terminé llevando el libro al fetiche. Siendo editor aprendí que escribir un libro es algo groso. La gente quiere publicar su obra, quiere que su obra quede registrada, que se distribuya bien… A mí eso me parece válido y por eso juego ese juego hace mucho tiempo como editorial independiente.

Alguna vez hablaste de la diferencia entre editoriales independientes y autogestivas.

Milena se autogestiona. No hay una inversión inicial ni existe herencia. Con un grupo de amigos quisimos organizar un encuentro de Editoriales Sin Herencia: Adriana Hidalgo tiene herencia. Eterna Cadencia tiene herencia. Son empresitas o empresas que disputan un lugar en el mercado y están preocupadas por ver si tienen vidriera y cómo se posicionan respecto de las editoriales transnacionales como Penguin Random House.

¿Lo de “independiente” es un guiño generacional, una marca registrada…?

A fines de los ‘90 surgieron editoriales independientes con el propósito, como siempre, de ser el contrapunto de los intereses transnacionales. Ahí surge este mote de “independiente” que en el 2001, con la crisis, hizo que se fortaleciera y que tuviera su desarrollo en 2006 con la creación de la Feria del Libro Independiente y Alternativo (FLIA). Diez años después, el debate que tenemos es por qué “independientes” si distribuimos en la avenida Corrientes, en Palermo o si ganamos, como es nuestro caso, un premio estímulo del Fondo Nacional de las Artes… Algunos nos hemos planteado decretar el fin de las editoriales independientes en un texto que fue muy bien recibido por el mundo editorial, pero la etiqueta de “independiente” es fuerte.

Ahora hay un boom de editoriales independientes, ¿no?

Hay 500 en la Argentina. Milena empezó de cero y tal vez por eso podemos ser una especie de referencia: ninguna publicó 400 títulos en distintas colecciones y tiradas chicas con catálogos tan amplios. Pero lo de “independiente” es un contrasentido total: en la Feria del Libro de La Rural premiaron a Caja Negra, una editorial que lleva ocho años a un nivel bastante alto con respecto a contenido, distribución, esfuerzo y equipos chicos; es decir, en realidad se está en una etapa de gran reconocimiento institucional.

La industria editorial se reinventó demasiado bien por tratarse de un país donde, según se dice, cada vez se lee menos.

Yo me inventé una línea de tiempo que es la siguiente: antes había pocos escritores, era una elite que escribía para muchos lectores. Después, esos lectores también empezaron a escribir y entonces aparecieron más editoriales. Ahora estamos en una etapa de infinidad de ferias y nichos, donde está la feria del libro independiente, la feria tradicional, la feria del micro libro, la del libro punk, travesti, heavy, la feria del libro en braille. Una cosa de locos…

¿Hay más editoriales que autores?

Me interesa pensar la edición como ficción. La editorial te mete en la ficción y así como hay fábricas de chorizos, hay fábricas de historias y poesía. Ahí justifico mi laburo. Yo veo la edición como un oficio. Si me preguntás, propondría que haya un sinceramiento del ego entre autores, editoriales y lectores. Hoy cualquiera puede ser Coca Cola a escala. Esto es algo que aprendimos muy bien con las redes sociales. El negocio del “Yo” es un producto de consumo masivo.

¿Vos creés que la independencia se da por acción o por omisión de la industria?

La única independencia que sostengo es que nadie me dice qué editar y qué no. Nadie me dice “ahora autoayuda”, “ahora neurociencia”. El mérito grande es que en un librería cualquiera, nosotros compartimos la misma mesa con las editoriales transnacionales que hacen estudios de mercado y tienen dos mil empleados. Quizás una está mejor distribuida que otra, una sabe del mercado y la otra intuye, pero hay un momento en que termina decidiendo el lector. Eso nos iguala.

Hay editoriales que le cobran a los autores y, lejos de cuidar el catálogo, parecen lucrar con el narcisismo de la gente. ¿Qué pensás?

Nosotros le cobramos a un montón de autores. No me importa eso, creo que es una necesidad que tenemos para poder administrarnos. Por ejemplo, Enzo Maqueira y Gonzalo Unamuno son dos autores que publicaron con nosotros cien o doscientos ejemplares. A uno se le cobró y a otro no. Eso se ve que despertó una especie de molestia, de conflicto que nunca terminaré de entender. Oliverio Girondo pagaba sus primeras ediciones de poemas y estaban buenísimos… Lo que pasa con el libro tiene que ver con que el libro es el poder real.

¿Qué quiere decir?

Hay pibes de 15 años que buscan publicar sus poemas y hay señoras de 90 que quieren dejar sus memorias. El libro es un objeto cómodo para tener cuando estás en el baño y el telefonito se queda sin señal. Además, es un objeto decorativo bastante barato.

Fuente: Clarin

Print Friendly, PDF & Email