El cinturón de castidad: su verdadera historia y usos actuale

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El calzón de lata con tiras que posee en el centro de la vulva o monte de venus una llave única (que si se extravía, quién sabe qué sucede). Esta es la imagen que todos nos hacemos del mito extra machista de los cinturones de castidad, que en el Medioevo se utilizaban, según los escritos, para proteger a los varones de la infidelidad de sus mujeres mientras se iban a combatir a las Cruzadas. El objeto simbólico de la colonización masculina sobre el órgano sexual femenino (deseado y a la vez temido en su posible descontrol) fue el cinturón de castidad, que prevenía, en un combo casi perfecto, las posibilidades de masturbación y de violación.

Los mitos medievales y románticos

Pero como todo en la historia no es blanco o negro, al parecer hubo más exageraciones sobre esta pieza de tortura que historias verdaderas. Los novelistas del siglo XIX pusieron su cuota de fantasía para agrandar el mito. Si algo despierta temor o fascinación es el tabú sexual y sus maneras culturales de asimilación. Según se sabe ahora, ninguna vagina soporta una lata contaminada y oxidada (es un órgano cálido y mojado) por mucho tiempo sin desfallecer por infección, hongos o inflamaciónes.

Por más que el mentado objeto aparece en el poema del Mio Cid, según Sebestyen Terdik, de la Academia de Roma “el mito surgió a partir de la propaganda veneciana contra su enemigo Francisco II de Padua, quien fue capturado en una guerra y estrangulado en su celda junto a su hijo. Para justificar esta muerte, inventaron la leyenda denigratoria de que en realidad él había obligado a su esposa a colocarse un cinturón de castidad como instrumento de tortura, por tanto era un ‘señor sádico, perverso y tirano’”.

Al parecer, el cinturón siempre fue un elemento de tortura. Pero aunque suene a locura galopante, no hace mucho, durante el siglo XIX –y bajo formatos más livianos- fue utilizado por algunas mujeres de Inglaterra y Francia para evitar violaciones y como una forma romántica de garantizar la fidelidad. El machismo internalizado, le llamamos las feministas.

En el siglo XX aparecen en los medios algunos casos aislados de tortura con cinturones. Un campesino veracruceño le colocó durante 12 años a su esposa un cinturón todas las tardes mientras se iba a trabajar al campo.

El año pasado el objeto volvió a las vidrieras con su uso original, pero para hombres. Fue famoso el caso de una mujer de Nyeri (centro de Kenia) que le cortó el pene a su marido por infidelidad. Después de eso, otros hombres temieron el castigo. La pequeña cárcel se cerraba con un candado de extrema seguridad que las mujeres colocarían a sus maridos. Aunque no se supo bien si la protección era para ellos, ellas o ambos: «Después de los incidentes ocurridos en Nyeri buscamos algo como esto. Ya sabes que la prevención es mejor que la cura. Por eso hemos desarrollado esta idea, para prevenir», cuenta a Efe Kelvin Omondi, trabajador de un pequeño negocio situado en Koinange Street, en pleno centro de la capital keniana.

En la actualidad se pueden encontrar variantes cómodas (de cuero, con plumas y telas que no lastiman) para usar en sesiones de sadomasoquismo fuerte. La variante es que vienen con dildos atados al cuerpo del cinturón y se venden con tapones en los oídos. La situación de uso es opuesta a la histórica o mítica que mencionábamos antes. El juego y la expresión explícita de fantasías de dominación, celos y posesividad formulan un conjuro contra estos mismos sentimientos en la vida de pareja. El encierro, entonces, no es tal. Además, la sometida al encierro genital puede no ser una mujer, sino un varón pasivo (y feliz) bajo el filo del taco de una dominatrix. La sexualidad explora su potencia fuera de las instituciones románticas o legales para intercambiar roles o expresar esos deseos que nos permanecen ocultos (dominación, posesividad) con liviandad y descaro. Esta es la vuelta del BDSM al cinturón de castidad: el cinturón promiscuo.

Fuente: Clarin

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