Inicio Cultura y Espectáculos El difícil vuelo de regreso de Matías Alé

El difícil vuelo de regreso de Matías Alé

Compartir

La noche del 30 de octubre de 2015, en una habitación de hotel, Matías Alé sintió que el televisor le estaba dando un mensaje. En pantalla se veía David y Goliat, un programa de entrevistas en el que la conductora, María Laura Santillán, conversaba con dos aeronautas que habían cruzado el continente americano en una avioneta de posguerra. La historia le interesaba a Alé por dos razones: siempre le habían gustado los aviones -es piloto comercial- y el relato tenía un punto de tensión especialmente atractivo.

“En plena travesía, los tipos se encontraron con un banco de nubes y sin instrumentos suficientes para volar a ciegas -recuerda Alé-. Eso en aviación se llama “perder la conciencia situacional”. Si te pasa, la única opción es volar bajito y asegurarte de no chocar contra ninguna montaña. Cuando vi eso, pensé que Dios me había dado una señal sobre la clase de camino que se me venía. Me estaba diciendo que yo también debía volar bajo, callado y sin llamar la atención. Sentía que venía a salvar al mundo y que mi mujer era mi socia en eso y que tenía que protegerla. Durante todo el programa yo tomaba notas de lo que iba a hacer en los próximos meses.

¿Y tu mujer dónde estaba?

Al lado mío, pobre. Durmiendo.

En ese momento, Matías Alé creía que era un enviado divino, que tenía una misión y que Dios -a la manera de un radar- le mandaba señales para no errar el horizonte. Pero todas aquellas sensaciones terminaron siendo, se sabe, el antecedente de un colapso mental. El 3 de noviembre de 2015 -cuatro días después del episodio del avión- Alé salió de su casa esposado, en silla de ruedas y rezando el Padrenuestro a los gritos. De acuerdo con los testimonios que aparecerían más tarde, acababa de agarrar del cuello a su esposa de entonces, María del Mar Cuello Molar, y también a su suegra, en el marco de un brote psicótico con delirio místico que fue registrado por teléfonos particulares y luego emitido por televisión, y que lo transformó en la expresión más radical de lo que significa ser una figura mediática. Luego de casi diez años de exposición desmedida –se había consolidado en la primera línea del periodismo chimentero en 2007, cuando aceptó participar de Bailando por un sueño- Alé estalló ante las mismas cámaras que lo habían visto crecer, bailar, amar, engañar, lesionarse, viajar, y también trabajar.

“No recuerdo nada de lo que pasó ese día”, dice ahora, acomodado en el rincón de un bar en los bosques de Palermo. Pasaron casi seis meses desde aquel episodio, pasó una internación de 43 días en la que llegó a estar atado a la cama, y pasó un tratamiento que todavía hoy continúa en manos de un equipo que incluye a un médico, una psiquiatra -que ahora sólo ve semanalmente-, una psicóloga -que antes lo atendía dos veces por semana, y ahora sólo una y por voluntad de Alé- y fármacos a base de litio, sustancia que incluye una batería de efectos secundarios que en las últimas semanas se están limando gracias a un cambio de medicación. Alé ahora toma Scalit, un fármaco más suave que permite conservar la lucidez y la movilidad, y que podría abandonar dentro de tres meses.

Lo peor, en síntesis -lo que Alé no recuerda, pero sí recuerda la maquinaria de medios-, fue superado. Y por eso lentamente está retomando el trabajo, dando sus primeras entrevistas y planteándose nuevas metas laborales. Entre otras cosas, quiere conducir un programa de televisión, hacer cine y dar espacio a los trabajos que empezaron a abrirse: un programa en Radio Rivadavia (Galería 630, los lunes y miércoles de una a cinco de la mañana) y una comedia teatral a estrenarse en junio, llamada Cancún y dirigida por Valeria Ambrosio.

“Todo es un renacimiento, porque parte de un momento de blanco absoluto -dice-. Entonces tengo pánicos y miedos. A volar, a cruzar la calle, a salir de mi casa, a ir a un asado, a mostrarme en público, a dar entrevistas”.

El último reportaje que Matías Alé concedió antes del brote se dio en Animales sueltos, el programa de televisión de Alejandro Fantino. Ante los ojos de un Fantino desconcertado, Alé mostró una mirada fanática y opaca sobre el matrimonio -acababa de casarse-, su mujer -de quien hoy está divorciado-, el macrismo -“quiero ser el Brancatelli de Macri” llegó a decir- y su propio pasado amoroso, abundante en anécdotas en las que Alé ya no quería detenerse.

“Yo creía que en esa entrevista estaba siendo brillante. Estaba convencido de que me habían dado una misión secreta y que tenía que esconderla porque si se enteraban me sacaban ese poder.

Lo que se ve de afuera, y de una manera superficial, es que te casaste y te brotaste.

No creo… casarme me hizo muy feliz. Se habla del casamiento y de mi sobreexposición mediática, pero lo cierto es que todavía no logramos descubrir cuál podría haber sido el detonante. Cuando la psiquiatra me quiere explicar, usa palabras que no entiendo. Recién ahora, como estoy más lúcido, estoy empezando a procesar los duelos de perder mi relación, mi casamiento, viajes que teníamos proyectados, la temporada, un montón de eventos pautados para noviembre y diciembre… No es fácil. Entonces todavía no pudimos ir más a fondo y ver de dónde surge lo que pasó. Lo que sí determinamos es que fue algo extremo, pero que no es un síntoma que vaya a permanecer en el tiempo. Y que lo mío llevaba un tiempo de maduración.

Los indicadores de que algo andaba mal habían empezado en septiembre de 2015. En un principio eran nociones brumosas: la idea de que había una lucha entre el Bien y el Mal, y de que él era una pieza fundamental en esa puja. Después, la amenaza se fue traduciendo en episodios concretos. En esos días, Alé estaba sin casa -acondicionaba la suya- y vivía en hoteles junto a su pareja. Cada vez que llegaba a un alojamiento nuevo, sentía una presencia maligna en el cuarto y se cambiaba de hotel. La consecuencia es que vivía con las valijas en el auto, yendo de un lado a otro dentro de la ciudad. Y afuera también. Durante un fin de semana en el Conrad de Punta del Este, por ejemplo, Alé pidió cuatro veces el cambio de habitación. Argumentaba olor a cigarrillo, ruidos, frío y suciedades que tapaban lo que de verdad pasaba: mientras su mujer dormía, Alé veía sombras y hacía zapping, y trataba de desmadejar los mensajes cifrados que le mandaba el televisor.

“Veía el noticiero y si decían que estaba congestionada la autopista, yo entendía que ése era un mensaje que me decía dónde yo iba a estar seguro y dónde no. Las publicidades me decían qué productos tenía que consumir para estar fuerte…

¿Tenías sueños extraños, premonitorios?

No dormía.

¿Tomabas drogas?

No. Pero dormía dos o tres horas y me despertaba porque sentía que tenía que estar alerta para cuidar a María.

Alé evitaba llevar esas impresiones al espacio de trabajo. Pero no siempre lo lograba. Una vez, también en octubre, fue a la provincia de Formosa para animar un cumpleaños de quince de una chica llamada Sabrina. Mientras conducía la fiesta, miraba a los invitados y los separaba mentalmente: de un lado estaban los que podían ser cómplices y llevarle algún mensaje. Del otro, aquellos a los que había que vigilar.

“Cuando al día siguiente un cartel enorme que decía “Sabrina” se cayó, llegué a creer que toda esa fiesta se había montado para darme la bienvenida a mí, que había tomado conciencia de cuál era mi misión en la tierra”, dice. Luego hace silencio. No sonríe. No llora. No regala guiños cómplices que den lugar a una segunda lectura –irónica- sobre el pasado reciente.

“También me acuerdo de que un lunes, después de un evento en Capital, María estaba en Carlos Paz y sentí que ella corría peligro. Entonces viajé y me quedé quince días en la Posada del Quenti. Estaba convencido de que mi misión era vivir en Carlos Paz y construir un arca. De hecho me puse una bata y creía que me llamaba Noé. Ahí me pusieron una psicóloga y un psiquiatra para empezar a tratarme. Pero no me decían que eran médicos: decían que eran dos amigos que venían a escucharme. Y yo creía que uno era el Arcángel Gabriel y la otra era… no sé… Yo no me daba cuenta de nada. Creía que bendecía el agua, esa era mi realidad. Mi vida era ciencia ficción.

Alé habla como un automovilista que conduce cautamente por un circuito de aprendizaje. Su semblante está tranquilo, y algo de esa parsimonia se toca con la belleza. Hoy Alé tiene el encanto oscuro de un sobreviviente. Sentado en la esquina discreta de un bar, es tratado por los mozos con algo que es distinto de la cortesía: los camareros lo atienden con cariño. Suele venir a este rincón porque cerca del piso hay una toma que le permite cargar el celular. Ahora agarra el aparato y lo muestra: ahí tiene, entre otras cosas, un grupo de whatsapp llamado “Los Locos Adams”, donde se escribe con sus ex compañeros de internación; tiene un protector de pantalla con una frase de película (“Seguir cuando crees que no puedes más es lo que te hace diferente a los demás -Rocky Balboa”); y tiene el tema principal de Rocky. Esto lo contó en las varias entrevistas que, fiel a su estilo de morir y resurgir en cámaras, lleva dadas desde que salió del brote: durante el verano escuchaba la música de Rocky todas las mañanas para darse ánimos y afrontar el día.

“Un amigo me sacaba a caminar y a entrenarme. Me hablaba al oído como si fuera el entrenador de Rocky”, cuenta.

Alé estuvo poco más de tres meses sin salir del country de Bella Vista donde tiene su casa. A lo sumo andaba en bicicleta por las calles interiores de la urbanización, o iba al club house a nadar y a comer con la tranquilidad de que todos ahí lo estaban protegiendo. El creció en ese barrio cerrado. Sus padres -una ama de casa y un profesor de karate que después devendría empresario- se mudaron allí cuando tenía ocho años. Desde entonces, si bien tuvo parejas duraderas, periódicamente volvía a la casa familiar y a los amigos del country, de la escuela y de la aviación: una disciplina que Alé estudia desde los veintipico de años -tiene 700 horas de vuelo- y que lo ayudó a entender, aquel 30 de octubre, cuáles son los riesgos de “perder la conciencia situacional”: una metáfora fácil que habla de la ausencia de herramientas, del despegue, de la falta de un horizonte. Y del problema de las nubes en general.

Fuente: Teleshow.com

Print Friendly, PDF & Email
Compartir

Comments