El hormigón, fuerte si se lo cuida

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El hormigón armado no puede fallar. Por lo menos así pensaba su inventor, el jardinero francés Joseph Monier, en 1867, hace exactamente 145 años. Pero en Buenos Aires, las pruebas de lo contrario están a la vista. Pasó esta semana en Tribunales y en Palermo. Y pasa con una frecuencia asombrosa. Una vieja marquesina fue primero y un muro de contención bien nuevito después.

Para los expertos, las estructuras de hormigón armado fallan por tres razones principales: la carga que soportan aumentan más de lo que están preparadas para soportar según su diseño; la mezcla de hormigón con que están hechas no es buena; la resistencia de la estructura disminuye por falta de mantenimiento.

Ahora bien, que el hormigón falle por la primera de estas causas es difícil, porque es un compuesto muy noble y aguanta mucho más de lo que se piensa. Y, sobre todo, porque los calculistas se toman algunos márgenes de seguridad considerables y hacen columnas y vigas bastante más grandes de lo que los fríos números cantan.

Entonces, un tema sensible es el mantenimiento, y eso bien lo sabía Monier: el jardinero estaba cansado de las macetas de terracota porque se rompían siempre, y de las maderas porque se pudrían con la humedad de la tierra. Un día, decidió probar con cemento, arena y armadura de alambre. Le fue tan bien que siguió intentando con otras cosas, como tubos, vigas y hasta un puente entero. Claro, en las piezas grandes, cambió el alambre por barras de hierro y, a veces, agregaba una piedras chicas en la mezcla. Monier descubrió que el cemento protegía al acero de la oxidación (su peor enemigo), y el acero hacia más resistente al cemento en esos lugares en los que realmente solo no servía. Pero Monier era un inventor empírico, aprendía todos los días de su invento y por eso, los vigilaba bien de cerca.

Volvamos ahora a la marquesina de Tribunales: nadie sabrá que pasó hasta que los peritos lo dictaminen. Ahora, podemos imaginar que tantos años a la intemperie pueden haber afectado a los hierros. El hormigón no es tan monolítico como parece, el paso del tiempo y los cambios de temperatura le generan microfisuras, por las que entra el agua. Y, como ya sabemos el óxido es el peor enemigo del hierro. Si el agua que entra va encontrando los hierros, los oxida y el proceso se convierte en un círculo vicioso. El óxido debilita a los hierros y sufre toda la estructura. Es por eso que los especialistas aconsejan proteger el hormigón cuando está a la vista.

Ahora vayamos al muro de contención en los estacionamientos de la calle Sinclair. El agua y la juventud pudieron ser las causas. La pared de hormigón que se construye para estos casos no tiene su máxima resistencia desde el primer día. En las primeras 48 horas adquiere la mitad de la resistencia final, en una semana, las 3/4 partes, y recién en casi 4 semanas tiene su resistencia total. En el medio, los que se hacen cargo de aguantar el peso son los encofrados y los puntales. Si a eso le agregás que el empuje del terreno puede haber aumentado por la presencia de agua, tenés una fórmula letal.

Sea cual fuera la razón, a Monier no le hubiera pasado. Como muestra de su dedicación basta con saber que después de la Guerra franco-prusiana de 1870, el jardinero se dedicó a hacer tanques de agua, toda una innovación para la época. Sabía que una causa que daña al hormigón es el contacto prolongado con el agua y revisaba periódicamente sus tanques, aún años después de haberlos instalado.

En aquella época sin marketing, Monier cuidaba su buen nombre y, de paso, la vida y los bienes de sus clientes ¿Y sabés qué? Por sus buenos resultados, con ese método un jardinero hizo famoso al hormigón armado en todo el mundo.

Fuente: Clarín

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