El regreso de Clementina

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El 24 de noviembre de 1960 llegó a la Argentina un prodigio de la computación de esa época: una Ferranti Mercury, de 18 metros de largo, que se convirtió en la primera supercomputadora del país. Alojada en el Instituto de Cálculo de la UBA, sobre ella se creó el primer lenguaje de computación local, se hicieron cálculos astronómicos y estadísticos, y modelos matemáticos.

«Clementina», como se la apodó, funcionó hasta mediados de 1971. Pero ahora, medio siglo más tarde, un grupo de académicos, investigadores, empresarios, economistas, abogados y tecnólogos intentan recuperar el espíritu de la apuesta al desarrollo tecnológico que simboliza en una fundación que lleva su nombre. Hoy a las diez, la Fundación Clementina ( www.fundacionclementina.org ) se presenta en sociedad en la sala III del Centro Cultural Borges. Según su presidente, el ingeniero Carlos Pallotti, la entidad «pretende generar un espacio plural para el debate de ideas […] convocar a los mejores talentos en asuntos tecnológicos, determinar los temas prioritarios o pendientes, identificar las políticas que tienen más chances de ser implementadas, y […[ determinar el mejor camino de acción».

La iniciativa, algo así como lo que los norteamericanos llaman un think tank, nació de una serie de almuerzos informales y hoy agrupa a 31 socios plenos y unos 35 adherentes, entre los que está el matemático Hugo Scolnik, que trabajó con la Clementina original. Todos ellos están convencidos no sólo de que la tecnología es un instrumento primordial para mejorar nuestra calidad de vida, sino también de que en algunos casos es posible desarrollarla y aplicarla con inversiones muy accesibles. Dice Pallotti: «Por ejemplo, si uno tiene litio y no tiene el conocimiento, se transforma en proveedor de una materia prima. Si sólo tiene el conocimiento que le permite hacer del litio una batería, depende de sus proveedores. Ahora, si tiene las dos cosas, es el dueño de ese mercado. Vivimos insertos en la tecnología. Nuestra idea es identificar oportunidades en educación, informatización del Estado, creación de empresas de base tecnológica, salud». Y sentencia: «Si la Argentina no tiene ciencia y tecnología, no tiene futuro»..

Fuente: La Nación

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