Ya se hacen 250 pasaportes por hora, el triple que hace un año

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Se acaba de ir una señora que había llegado de Neuquén, llorando. Su hermana, en Italia, se moría. En la fila, una pareja –los dos cruzados de brazos– se ignora. Es que hace un rato, cuando quisieron hacer el check in, se percataron de que habían traído los pasaportes vencidos y dejado en casa los nuevos. Y hace unos días –siguen contando las chicas que atienden–, tuvieron que darle prioridad a un hombre que llegó corriendo, desesperado. Era del interior y se había olvidado el pasaporte. Pero había otro pequeño detalle: se había dado cuenta en Aeroparque, a pocas horas de que su avión despegara, y acababa de atravesar la ciudad en dos ruedas. Es que acá, en el stand del aeropuerto de Ezeiza, la misma gente que llega asustada, llorando, creyendo que no podrá viajar, se va, media hora después, con el pasaporte en la mano.

Llegan incrédulos porque lo de llevarse el pasaporte en media hora, convengamos, suena absurdo. Más, para quienes conocieron los plazos que tenía el sistema cuando lo manejaba la Policía Federal: horas de cola y, con suerte, un mes y medio de demora para la entrega. Pero en marzo, el sistema se mudó al Ministerio del Interior, que aprovechó las bases de datos que habían digitalizado para el nuevo DNI. Fue así que acortaron los tiempos y terminaron con el estereotipo del trámite insufrible y de la empleada pública de Gasalla sentada detrás del mostrador. Y fue así que la demanda se triplicó. Con el sistema viejo, se hacían un promedio de 2.000 pasaportes diarios; con este, 6.000. Son 250 pasaportes por hora. Y en el stand de Ezeiza se confeccionan hasta los feriados y de madrugada.

Pero la urgencia se paga. El trámite común (dos semanas de espera) cuesta 130 pesos. El “exprés”, que demora 2 días, cuesta 630. Y el pasaporte “al instante”, que funciona desde hace poco más de tres meses sólo en la Terminal A, en Ezeiza, demora media hora (siempre que se esté libre de antecedentes penales) y cuesta 1.005 pesos. El secreto de la velocidad es que los datos se cotejan por sistema en el acto y los pasaportes se confeccionan en una pequeña fábrica, dentro del aeropuerto.

Aquí, entre perros enjaulados y sospechosamente quietos, entre chicos que se alejan y padres que los acercan de los pelos, Facundo, de Morón, cuenta: “Ayer a la noche vi que lo tenía vencido. Nos pusimos locos, puteamos, mi mamá decía ‘yo te dije’, mi papá decía ‘que se joda’ y yo pensaba que perdía el pasaje a Italia”. Y en esta fila, las historias brotan: el que acaba de lavar el jean con el pasaporte en el bolsillo, al que le robaron el bolso con todo, la pareja que vivía en Australia y que insultó porque en vez de entregarles el pasaporte en media hora, tardaron una. “País del Tercer mundo”, les gritaron.

“¿Estás segura de que me lo van a dejar viajar?”, pregunta Mariano V., abogado, con los nudillos sobre el mostrador, serio. Lo pregunta porque hace unos días, cuando quiso anotar a su hijo Joaquín en la colonia, dio vuelta la casa y no hubo forma de encontrar el DNI. “Nos vamos a Brasil la semana que viene y no aparece el documento. Me desesperé tanto que pensé que no viajábamos y que terminábamos en la Costa, en una carpita”, confiesa. Y no se ríe. En un rato, le dará un beso en la cabeza al nene, aliviado, y se irán sonriendo, con la libreta azul en la mano.

Fuente: Clarín

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