Boudou, ante el primer test de lealtad

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Hace un puñado de años, cuando Boudou era una suerte de ayudante calificado de Sergio Massa en la Anses, el actual rockero vicepresidente jamás hubiera imaginado que tendría en sus manos la lapicera más valiosa de la República. Escribe Mariano Pérez de Eulate.

Dice el artículo 88 de la Constitución nacional: «En caso de enfermedad, ausencia de la Capital, muerte, renuncia o destitución del Presidente, el Poder Ejecutivo será ejercido por el vicepresidente de la Nación».

Eso es lo que sucede a partir del primer minuto de hoy, cuando Amado Boudou quede formalmente a cargo de la República. El acto tendrá cierto toque de novedad: no se concretará porque Cristina Kirchner esté de viaje, cumpliendo con su agenda de Jefa de Estado, como lo ha hecho tantas veces, sino por la inédita situación de que ha pedido licencia por enfermedad.

La operaron de un tumor en la tiroides y deberá estar convaleciente casi un mes. La política tiene esas vueltas asombrosas. Hace un puñado de años, cuando Boudou era una suerte de ayudante calificado de Sergio Massa en la Anses, el actual rockero Vicepresidente jamás
hubiera imaginado que tendría en sus manos la lapicera más valiosa de la República.

Incluso, hoy por hoy, el intendente de Tigre asiste al espectáculo del ascenso de su ex colaborador desde una posición más bien alejada del kirchnerismo. Hay rencores no resueltos en esa relación que la política terminó dando vuelta.

Las siempre ponzoñosas fuentes del ultracristinismo insisten en remarcar que Boudou «no osará» sentarse en el histórico sillón de Rivadavia. Está bien que quede a cargo del Poder Ejecutivo pero de ahí a usarle la silla a Cristina hay un trecho largo, explican.

El despacho natural del Vicepresidente en la Rosada tampoco ha sido del todo acondicionado (muchos años de desuso cuando el vice era Julio Cobos) por lo que se especula con que Boudou gobernará desde su oficina en el Senado.

Acaso, como trascendió, le arreglen una instalación privada en la sede central del Banco Nación, a pocos metros de la explanada de la calle Rivadavia por donde acceden cotidianamente las autoridades a la Casa de Gobierno.

Está claro que en su interinato Boudou deberá llevar algunas cuestiones de la cotidianeidad del poder con Carlos Zannini, secretario Legal y Técnico, y Juan Manuel Abal Medina, jefe de
Gabinete. Son los que cargan con los detalles del día a día de la gestión y a quienes la Presidenta les habría encomendado la tarea de apuntalar al Vice. O de controlarlo, dependiendo con el cristal con que se mire.

La propia Cristina bromeó con el tema, con esa seguridad que da el poder bien ejercido: «Ojo con lo que hacés», lo chicaneó a Boudou hace unos días atrás frente a las cámaras de televisión. El ex ministro de Economía se enfrenta a un desafío no menor, que será auscultado con lupa por el ejército cristinista que ostenta la imaginaria vara con la que se miden las lealtades.

Como dijo la propia Cristina, Boudou llegó a donde llegó porque ella buscó un hombre confiable y leal luego de un primer período de convivencia con un vice -el radical Cobos- al que evidentemente considera un traidor. La enfermedad presidencial parece haber apurado el primer test al que Boudou será expuesto en este sentido. Cada papel que firme, cada orden que imparta, en especial en la primera semana de convalecencia de la Presidenta (la parte más dura del post operatorio), pasará por aquel tamiz de las conductas leales.

Porque, además de Zannini y Abal Medina, aparece de fondo, difusa pero presente, la figura de Máximo Kirchner como celoso guardián del gobierno de su madre. Se ha comentado en la intimidad del poder que el Vice tuvo algún roce con el hijo de la Presidenta por cierto desliz verbal que habría cometido pero la verdad es que nadie confirma el dato en forma oficial. La dinámica de esa relación, en la veintena de días que Boudou reemplace a Cristina, acaso sea el foco de muchas miradas del mundillo político vernáculo.

En las últimas horas, luego del regreso de Cristina de El Calafate, Boudou mantuvo varias charlas con su jefa. Sabe el Vice que, aún desde su lugar de recuperación, difícilmente ella se
desligue de la cosa pública. Pero además le quedan en las manos algunas papas calientes.

Como el desenlace del conflicto en Santa Cruz, que podría costarle la cabeza al gobernador Peralta; el escándalo de lo que pasó en Río Negro con Carlos Soria; el monitoreo de lo que suceda con el mercado cambiario en plena época de demanda de dólares por las
vacaciones de verano; la transferencia formal del subte porteño a la Ciudad de Buenos Aires y sus posibles coletazos negativos si no se administra bien el traspaso.

También deberá enfrentar el enojo gremial-estatal por la decisión oficial, impregnada de cierto espíritu de recorte del gasto, de revisar los sueldos de los 300 mil empleados públicos.
No es poco.

Fuente: NA

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