La autodestrucción de Néstor Kirchner

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En tanto personaje central de la tragedia griega abatida sobre Argentina a comienzos del siglo XXI, Néstor Kirchner ha ido tejiendo en los últimos meses la mortaja que a partir de hoy cubrirá su cadáver.
Su absoluta falta de respeto por si mismo, sólo comparable a su absoluta falta de respeto por los demás, especialmente a los que consideraba sus “enemigos políticos”, que eran casi todos, explica lo ocurrido. En lo que va de 2010 fue operado dos veces por problemas cardiovasculares, la última el 11 de septiembre.
Entonces afloró su carácter y su falta de límites. Su pasión por el poder y, de poder ser, por el poder absoluto, era superior a todo, incluyendo los consejos de sus médicos. Pese a la recomendación de que permaneciera al menos 48 horas en observación tras la intervención a la que fue sometido, en la mañana del domingo 12 subía al coche oficial en dirección a la residencia presidencial de Olivos, a fin de mantener su agenda, en la medida de lo posible. No sólo eso. El lunes estaba previsto un acto público en defensa del gobierno Kirchner, en el que debía ser el principal orador, y si bien no habló, allí estuvo como uno más de sus fanáticos seguidores. Había que demostrar a toda costa que Kirchner seguía firmemente al mando del timón y que nada de lo que sucedía en el país le era ajeno.

El guión de la tragedia parecía escrito con anteriorridad. Kirchner murió en su residencia de Calafate, un entorno que vio enriquecerse a la pareja presidencial en los últimos años y que podría costarle más de un dolor de cabeza, debido a los juicios pendientes y posibles penas de cárcel. Pero hay más. Kirchner murió un día en que el país estaba paralizado, no porque presintiera las largas jornadas de duelo nacional que se avecinaban o llorara su luto, sino porque se estaba realizando el censo nacional de población, y la actividad estaba bajo mínimos en lo más parecido a un día festivo. El deceso ocurrió a menos de una semana en que se conociera la primera víctima mortal del kirchnerismo, un gobierno que había aplicado a rajatabla la doctrina de que a los movimientos sociales no se los reprime. Un enfrentamiento entre afiliados del sindicato oficialista ferroviario con militantes de la izquierda antigubernamental terminó con la muerte de uno de estos últimos. Y si bien no se puede responsabilizar al gobierno del hecho, éste fue perpetrado por gente instalada en el riñón del poder.

Es más, en la mañana del miércoles 27, el día de la muerte del ex presidente, Luis Majul publicaba en La Nación de Buenos Aires el artículo “El gran temor de los Kirchner”, que glosaba la trayectoria política del matrimonio presidencial en las últimas décadas, y comenzaba así: “Un año antes de las elecciones para elegir el próximo presidente, Néstor Kirchner se enfrenta con el problema más grave de su larga vida política. Una complicación desconocida que no había tenido desde 1987, cuando inició su carrera como intendente de Río Gallegos”. Si bien el problema no era el que vaticinaba Majul, que podía terminar con los huesos de Kirchner en la cárcel, si fue el más grave de su vida política: su propia muerte.

No pretendo hacer aquí ni una nota necrológica ni una valoración de su biografía política, que presenta demasiados claroscuros. Algunos de ellos se incluyen en mi último libro sobre “Los populismos latinoamericanos”, donde describo su estilo altamente confrontacional de gobernar. Ahora me interesa el futuro, el futuro argentino y regional, después de que un acontecimiento de tal magnitud tomara por sorpresa a propios y extraños. Para comenzar habrá que ver lo que ocurre con la presidenta Cristina Fernández. En la práctica el poder era compartido por el matrimonio, aunque el control de Kirchner de todo lo que acontecía a su alrededor era casi absoluto. ¿Qué actitud adoptará la presidenta en los meses venideros? ¿Será capaz de liberarse del estilo de su marido y adoptar ese tono más institucional que insinuó durante su campaña electoral? ¿O, al contrario, se atrincherará en la “pingüinera”, el círculo íntimo de los colaboradores patagónicos del presidente, comenzando por el ministro de Obras Públicas Julio de Vido?

La cuestión no es baladí, porque de su respuesta depende el futuro político argentino y la relación entre gobierno y oposición. También obligará a redefinir la relación entre la presidenta y su vicepresidente Julio César Cobos, con sus propias aspiraciones presidenciales, aunque en las filas de la oposición. La muerte de Kirchner ha liquidado una de las dudas sobre la sucesión de su esposa. Ya no tiene sentido preguntarse si él o ella aspirarán a la reelección. La duda es si ella querrá seguir y si tendrá el estado de ánimo para hacerlo.

La muerte de Kirchner también es un golpe para el bloque bolivariano. Si bien los Kirchner nunca se integraron al ALBA, eran excelentes compañeros de ruta de Hugo Chávez. Por ello Kirchner integró la comitiva chavista que se internó en la selva colombiana para rescatar a Clara Rojas, aunque sin éxito, y fue propuesto y elegido secretario general de Unasur, pese a retener su escaño en la Cámara de Diputados. Su reemplazo no será fácil, y servirá para evidenciar las fuertes contradicciones que cruzan la realidad regional.

Se abre un nuevo momento en la política argentina. La desaparición de Kirchner ha trastocado muchas cosas. Seguramente algunos tiempos se acelerarán, como el de la selección del o de los candidatos presidenciales de la oposición. Habrá otros que quizá se ralenticen, como el del fulgurante ascenso del dirigente sindical Hugo Moyano al estrellato político, un camino temido por una parte importante de la sociedad argentina. Pese a ello, cualesquiera sean las reacciones existentes, lo cierto es que empezaremos a ver una Argentina diferente.

Fuente: www.agenciacna.com

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